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Documental sobre la vida de Daniel Johnston, un multifacético artista maníaco-depresivo.



Dirección y guión: Jeff Feuerzeig.
País: USA.
Año: 2005.
Duración: 110 min.
Género: Documental.
Intervenciones: Louis Black, Bill Johnston, Daniel Johnston, Mabel Johnston, Jeff Tartakov, Kathy McCarty, Gibby haines, Jad Fair, David Fair, Matt Groening.
Producción: Henry S. Rosenthal.
Música: Daniel Johnston.
Fotografía: Fortunato Procopio.
Montaje: Tyler Hubby.
Dirección artística: Jill McGraw.

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Deseando morir


Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.

Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.

Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.

En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.

De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.

No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.

Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.

¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,

y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.

Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.



Yapa: tema que compuso Peter Gabriel dedicado a la poetisa y que lleva el título Mercy Street haciendo alusión a la obra "45 Mercy Street" de Sexton.

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"Henry Darger fue un hombre atormentado y obsesivo. Gastó su vida en escribir un libro de más de quince mil páginas ilustrado con extrañas acuarelas. A su muerte, el mundo descubrió la extraña belleza de aquella gran obra de arte".
Agustín Fernández Mallo, La oscura vida de un pintor marginal.



H. J. Darger nació en 1892 y, tras la muerte de su madre al dar a luz  a una niña que será entregada en adopción, fue internado en un orfanato católico ya que su padre no pudo seguir cuidándolo. Tiempo después sería recluido en una institución psiquiátrica luego de diagnosticársele severas enfermedades como "tener el corazón en el lugar equivocado" y "masturbación"... Finalmente logra fugarse a los dieciseis años y en completa soledad comienza a escribir y dibujar.

Su peculiar obra estuvo oculta hasta que luego de su muerte (en 1973) Nathan Lerner -fotógrafo y casero del edificio de Chicago donde vivió solo durante más de 40 años- encontrara el libro de 15.154 páginas titulado La historia de las niñas Vivian, en lo que se conoce como los Reinos de lo Irreal, sobre la Guerra-Tormenta Glandeco-Angeliniana causada por la rebelión de los Niños Esclavos, y las enormes ilustraciones y acuarelas pobladas de niñas dotadas de pequeños penes, producto tal vez de su desconocimiento del cuerpo femenino a raiz del temor que le causaba la idea de involucrarse sexualmente con una mujer que pudiera ser aquella hermana a la que nunca conoció.

La historia de las niñas Vivian... tiene lugar en un gigantesco planeta alrededor del cual orbita la Tierra y cuyos habitantes son cristianos, principalmente católicos y describe las aventuras de las Vivians, siete princesas de la Cristiana Nación de Abbiennia, que socorren una rebelión contra el régimen de esclavitud infantil impuesto por los "glandelinianos". Estos últimos tienen parecido con los soldados confederados de la Guerra Civil ya que Darger, como su padre, era un experto en dicho tema (Wikipedia). Este tortuoso relato tiene dos finales diferentes: en uno, los niños se levantan en armas contra sus opresores y caen asesinados en combate tras sufrir horribles torturas a manos de los glandelinianos y en el otro, las princesas Vivian (representantes de la Cristiandad) triunfan sobre el mal.
En 1968, Darger escribe otro libro -The history of my life- en el que relata a lo largo de poco más de 200 hojas sus frustraciones infantiles y dedica otras 4.672 a narrar la historia de un tornado llamado Sweetie Pie que destruye un pueblo entero, hecho del que probablemente fue testigo y del cual se cree proviene su obsesión por el clima (en The book of weather reports anota y comenta durante diez años los partes del servicio meteorológico de Chicago).

Haciendo caso omiso al deseo de Henry de que tras su muerte todo lo que se encontraba en su departamento fuese destruido, Lerner reune todos sus trabajos y se dedica junto a su esposa, a difundir la obra de Darger.












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Documental de la BBC sobre la relación entre la creatividad artística y los "trastornos mentales".

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Entrevista del año 77' a Salvador Dalí realizada por el periodista español Joaquín Soler Serrano en su programa "A fondo".
Les dejo también en la biblioteca la transcripción del reportaje.




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Nació en Caracas el 10 de mayo de 1889 y murió el 18 de septiembre de 1954. Gran parte de su infancia transcurrió en Valencia, allá terminó los estudios primarios que había iniciado con los padres salesianos. En esa ciudad realizó también sus primeros dibujos.
A los 13 años contrajo la fiebre tifoidea, enfermedad que según muchos estudios lo afectaría psíquicamente para el resto de su vida.
Reverón regresó a Caracas a los 15 años, e ingresó en la Academia de Bellas Artes. Allí conoció un grupo de estudiantes del cual formaban parte, entre otros, César Prieto, Rafael Monasterios y Antonio Edmundo Monsanto, quienes formarían años después el Círculo de Bellas Artes. Se entregó con intensidad a estudiar y obtuvo, con la municipalidad de Caracas, una beca para realizar estudios en España.
A la edad de 22 años, Reverón llegó a Europa y allá entró en contacto con la obra de Francisco de Goya y Diego Velásquez. Viajó por una temporada a Francia donde pintó al aire libre; de esta época es su obra Paisaje de Burdeos. En ese país se reencontró con los pintores Tito Salas y Carlos Otero, a quienes había conocido en Caracas.
Después de cuatro años en Europa, Reverón regresó definitivamente a Venezuela. Entre 1916 y 1918 llegaron a Caracas dos pintores que influirían decididamente en la obra de Armando Reverón: el rumano Samys Mützner y el ruso Nicolás Ferdinandov. En 1918, Reverón mostró algunas de sus pinturas en la Academia de Bellas Artes de Caracas, en una exposición organizada por Ferdinandov. En los carnavales de 1918, Reverón conoció en La Guaira a Juana Ríos. A partir de entonces Juanita, que contaba con 14 años de edad, sería modelo y compañera para el resto de su vida. Vivió períodos breves en Punta de Mulatos, La Guaira, y en El Valle de Caracas, donde pintó La Cueva en 1921. Finalmente, decidió trasladarse definitivamente a Macuto. Allí organizó su casa-taller, El Castillete, un ambiente poblado de plantas y animales que se convirtió para Reverón en un espacio vital, donde se confundía el arte con la vida y lo cotidiano con lo trascendente. La obra de Armando Reverón, según las investigaciones del historiador de arte Alfredo Boulton, pasó por diferentes etapas conocidas como Períodos azul, blanco y sepia. A partir de 1918, Reverón acentuó los aspectos nocturnos y oscuros del paisaje, el desnudo y el retrato utilizando los azules profundos, observando la luz a medida que ésta se mezclaba con la atmósfera del paisaje marino del trópico. Al Período azul pertenecen las obras Juanita, 1919; Paisaje de Macuto, 1920; La trinitaria, 1922; y Fiesta en Caraballeda, 1924.
Hacia 1925, Reverón entró en una etapa de enorme producción, simplificó el uso de los colores en su investigación sobre el fenómeno de la luz e indagó en lo visual, a la vez que buscó las claves de un problema estético (Período blanco). Con pocas pinceladas, trazos, manchas y raspaduras logró efectos inéditos, otorgando nuevos valores a los diferentes motivos pictóricos. Este período se extendió aproximadamente hasta 1935 y fue representado en obras como Luz tras mi enramada y Cocoteros en la playa, 1926; Macuto en oro y Marina y Cocoteros, ambas de 1931; Ranchos de Macuto, 1933 y Paisaje blanco, 1934.
En 1933, Reverón sufrió su primera crisis nerviosa, por lo que fue trasladado a una clínica de Caracas. Luego de una terapia, el pintor se interesó cada vez más por el blanco, -también pintó sobre papel con pintura de cola- hasta que a partir de 1935 comenzó a realizar cuadros de gran tamaño y a utilizar el color sepia. A este período pertecen las obras Puerto de la Guaira, 1940; Playa, 1941; El Playón, 1942; Amanecer en el Caribe, 1944. Es representativa de este período, por su excelencia, su obra maestra Desnudo acostado, 1947, para la que Juanita sirvió de modelo. Esta obra mereció el Premio Nacional de Pintura en 1953.

Paralelamente a su investigación sobre el sepia, Reverón inció la confección de objetos y muñecas que irían a complementar el mundo de El Castillete. Las muñecas le servirían de modelos, junto a Juanita. Los objetos -de utilería artística- revelan aspectos importantes de su sensiblidad y destreza.

Hacia el final de su vida, Reverón invirtió cada vez más tiempo en la realización de sus objetos y en simplificar sus recursos expresivos. En 1945, el artista sufrió una nueva crisis nerviosa, y fue trasladado al Sanatorio San Jorge. Realizó dibujos y bocetos a lápiz, carbón y tiza. Salió de la clínica y, entre 1946 y 1953, abordó en su obra gran cantidad de motivos, desarrollados con diversas técnicas.
Reverón dejó más de quinientas obras y construyó más de sesenta objetos. Es el artista que más comentarios críticos ha generado en Venezuela y ha comenzado a tener importancia decisiva en el arte internacional.
La vida de Reverón, su enfermedad y las causas que lo llevaron a aislarse cada vez más en su mundo, se traducen en una voluntad de entrega al arte como jamás se había producido en la pintura venezolana.

Podés hacer un recorrido virtual por su obra aquí:
 

• Fundación Polar (1997). Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas. Venezuela.
• Gran Enciclopedia de Venezuela. Caracas: Editorial Globe, 1998.
• Biografías de la Biblioteca Nacional de Venezuela.
Mi punto.
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Escritor japonés nacido en Tokio, que evocó en sus obras el espíritu de ésta ciudad, como también lo hicieron Baudelaire (París) y Kafka (Praga). Estudió literatura en la Universidad Imperial de Tokio, y allí, en la revista Shin-Shicho (Tendencias del nuevo pensamiento), publicó traducciones suyas de Anatole France y Keats, un cuento y una obra de teatro. En 1915 recibió el reconocimiento internacional por su novela Rashomon, que más tarde el director Akira Kurosawa llevaría al cine. Fue profesor de inglés y viajó por China, Corea y Rusia. Dedicó toda su vida al cultivo de la literatura preocupándose con excepcional cuidado de la perfección técnica y estilística en sus textos. Su obras En el bosque (1914), La nariz (1916), Figuras infernales (1918), El engranaje (1927) y Kappa (1927), además de sus casi diez volúmenes de ensayos literarios, cuentos cortos, y novelas son una magistral reinterpretación de tradiciones y leyendas de Asia, marcadas por una profunda introducción de pensamiento occidental y técnica literaria. En 1922 su salud y sus nervios empezarían a resquebrajarse, y con ello, el fantasma de la locura. Esta le perseguía desde que tuvo conciencia de la enfermedad de su madre, fallecida cuando él era un niño, y oscurecería la visión que tenía de sí mismo y de su futuro. Durante su último año de vida, padeció diversas alucinaciones y prácticamente no salió de su habitación, la cual permanecía siempre a oscuras, ya fuera de día o de noche. El 24 de julio de 1927 el cada vez más inestable Akutagawa, se suicidó con una sobredosis de veronal, a la edad de treinta y cinco años. 

Título original: Jigokuhen. Haguruma. Aru Ahó no Isshó. 
Traducción de Mirta Rosenberg. 
Prólogo de Luis Chitarroni, con epílogo de Jorge Luis Borges. 


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Tom Harrell es uno de los mejores trompetistas de jazz del mundo, un hombre de conocimientos musicales enciclopédicos, admirado por su capacidad para improvisar de una manera cerebral, pero emocionalmente conmovedora. Pero también... sufre de esquizofrenia, una de las enfermedades mentales más preocupantes de nuestra época.
La medicina ayuda, desde luego, pero a sus 55 años Harrell tiene que luchar con todas sus fuerzas para mantener la concentración en un mundo desbordado de distracciones, en el que sigue teniendo un aspecto lo suficientemente extraño como para atraer numerosas miradas furtivas en la calle. Ataviado con unos anchos pantalones negros y una cazadora de cuero, también negra, con la cremallera subida hasta el cuello, Harrell se mantiene inmóvil bajo los focos del escenario mientras no toca, con sus brazos colgados en los costados, los labios extrañamente fruncidos, los ojos cerrados, escuchando con más atención que cualquier otro de los que están en la sala.
Entonces levanta la trompeta, toca una notas claras, ricas, alegres –notas que él mismo escribe- en perfecto ritmo con su banda y, durante breves instantes, se siente totalmente a gusto. Entre tema y tema, evita el parloteo e incluso los consabidos "gracias" para conseguir el aplauso fácil del público.
Para los aficionados al jazz, que aprecian la excentricidad, es irrelevante la forma de actuar de Harrell. Lo que importa es cómo suena. "Hay tanta pureza en su música, tanta melodía y belleza", ha explicado Terrell Stafford, un trompetista de jazz que, tras haber abandonado la música clásica después de escuchar tocar a Harrell, está dando ahora clases en la Universidad de Temple.
Hacia él sólo tiene palabras de admiración. "Es un gran compositor y todo lo que toca a la trompeta cuando improvisa es casi como una melodía escrita", dice con frecuencia.
Para quienes identifican la esquizofrenia con el hombre desaliñado que grita sus delirios en la esquina de una calle, alguien como Tom Harrell puede suponer una verdadera sorpresa. 
Hijo de un catedrático de psicología empresarial y estadístico, Harrell creció en la zona de la bahía de San Francisco. Niño excepcionalmente brillante, aprendió a leer solo y se saltó un curso en enseñanza básica. Empezó a tocar la trompeta a los 8, y en el instituto ya tenía su propia banda de jazz.
Intentó quitarse la vida mientras estudiaba composición en Stanford. Eso dio lugar a un diagnóstico de esquizofrenia. Con tratamiento, logró completar su formación escolar e inició su carrera de música.
Conoció a su esposa Ángela cuando ella llevaba a cabo investigación para una serie de televisión que trataba de la creatividad y el cerebro. Harrell no llegó a formar parte del espectáculo, pero ambos descubrieron que eran casi vecinos en Nueva York y se hicieron amigos.
"Una vez que superás el desconocimiento inicial de su situación y de la forma en que le afecta... la enfermedad deja de convertirse en su aspecto más destacado", ha afirmado su esposa. "Para mi, la enfermedad mental no le define como persona. Lo que me llevó hasta él fue su inteligencia y lo divertido, cariñoso, honesto, afectuoso y desprendido que es... Podría seguir y no parar. Es sencillamente una persona enormemente sincera, muy real y espiritual, muy generoso y divertido”, ha añadido.
A menudo resulta difícil manejar el estrés a quienes sufren esquizofrenia, y la vida de un músico de jazz está llena de estrés. Están los viajes, los lugares nuevos, los cambios de zonas horarias. "Muy probablemente su entorno no es el mejor para estabilizar los síntomas", ha comentado Angela Harrell, “pero, por otra parte, ha sido la música la que le ha ayudado a seguir adelante todos estos años".
Durante su matrimonio, ha habido un intento de suicidio y una reacción casi mortal a uno de sus medicamentos.
Harrell ha explicado que los medicamentos le ayudan a mantener la calma y a concentrarse, pero que a veces también le hacen sentirse cansado. No oye voces, pero tiene problemas para pensar con claridad, algo que él define como “si no tuviera suficiente oxígeno en la cabeza."
Sin embargo ha conseguido trabajar y escribir a diario, e incluso cree que la esquizofrenia le ha hecho más productivo. "Una cosa que ha pasado con la enfermedad mental es que me ha forzado a adentrarme más en mi mismo", ha señalado, y explica que “en cierto modo, me aísla socialmente. No tengo tantas opciones sociales como tienen otras personas".
Harrell escucha acordes y percusión en los sonidos cotidianos que la mayoría de nosotros filtramos para rechazar (el tintineo de unas copas o un dedo que tamborilea en una mesa, por ejemplo) y las canciones le llegan en fragmentos, a menudo por la noche cuando se "abre una puerta en mi mente."
Es obvio que ideas de todo tipo afluyen rápidamente a Harrell. "El problema no estriba en encontrar una idea nueva, sino en poder seguir el ritmo del flujo de ideas nuevas", señala, y recuerda la primera vez que oyó una grabación de los años 40 de Dave Brubeck, el líder de la banda que le introdujo en el sonido "mágico" de una nota sostenida de trompeta.
Parece tímido en el escenario, pero Harrell dice que a él le gusta la comunicación con el público. Piensa que la mejor manera de escuchar música es con los ojos cerrados. Pero, además, teme caer en una metedura de pata social por mirar a alguien de forma inadecuada. "Sería bueno comprobar cuál es la reacción del público, pero me da pavor ofender a alguien".
Quincy Davis, el batería del quinteto, dice que la ausencia de teatralidad de Harrell es una ventaja. Significa que la música tiene que ser buena. "Supone un cierto foco de atención”, y por eso “con esta banda, lo que me gusta es que sobre todo se centra en la música", ha destacado.


En la página oficial de Tom Harrell podés escuchar su último trabajo.
 
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"Lautréamont es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Todos nosotros no estamos locos, pero podemos estarlo. Él, con este libro se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó".


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FRENTE DE ARTISTAS DEL BORDA

Contexto ideológico. Nacional e internacional

El Frente de Artistas del Borda es una experiencia que surge a fines del año 1984, con el objetivo de producir arte como herramienta de denuncia y transformación social desde artistas internados y externados en el Hospital Borda, posibilitando que, a través de diferentes formas de presentaciones, las producciones artísticas generen un continuo vínculo con la sociedad. “Ir al frente”, exponerse a salir, cuestionando de esa manera el imaginario social respecto a la locura.


En esos años Argentina atravesaba un momento político crucial, en el que se daba fin a una de las más cruentas dictaduras militares y se iniciaba la democracia. Este cambio político fue lo que permitió la emergencia de múltiples prácticas y discursos críticos, reprimidos tras varios años de autoritarismo. En el área de salud mental, se dió nuevo comienzo al planteo que, a nivel mundial, se venía sosteniendo desde lo que se conoció como “reforma psiquiátrica”, ocupando el centro de su crítica el manicomio, la internación y el trato rígidamente jerarquizado que estos auspiciaban.

Esta corriente de transformación institucional plantea la necesidad de un cambio radical de las instituciones manicomiales, tan proclives a sobreagregar un padecimiento adicional al que ya sufre la persona que ingresa a la institución. La fragmentación de lazos sociales junto con el temor permanente conlleva a la resignación y el desinterés ante una situación que se percibe como sin salida, lo que suele dar paso al aislamiento y a la paulatina desaparición de la conciencia crítica. En estos lugares, la persona va siendo sometida a una serie de despojos: la pérdida de su identidad, la fragmentación de los lazos sociales y afectivos, el arrasamiento de sus deseos, la privación de su intimidad, el menoscabo de sus derechos civiles y políticos. En fin, de todo aquello que es más propio y singular de un ser humano. Estas privaciones cobran tal valor de naturalidad que quienes componen el sistema institucional pierden sensibilidad, pensamiento crítico, y por sobre todo, capacidad creativa.


Por otro lado, la situación exterior de exclusión social hace del “caer” en la institución una trampa de muy difícil salida, ya que a la dificultad de volver a vivir fuera del hospital se agrega la situación desventajosa del estigma social, con lo cual la institución cambia en muchos casos del rol para el cual se dice que ha sido creada, asistir, atender, acompañar, para convertirse en el único medio de vida para personas que sufren entonces un doble desamparo, el de su propio padecimiento y el del la exclusión social.
Dentro de esta corriente crítica a nivel mundial se genera un movimiento de transformación de la atención de la salud mental, de abolición de los manicomios, llamado Desmanicomialización. La primera experiencia, en Trieste, Italia, dirigida por el Doctor Franco Basaglia, logra el cierre del manicomio y la introducción de toda una estructura comunitaria en la atención de la salud mental. Los puntales más fuertes de este proceso se centraron en la instauración de la modalidad de internaciones breves, a las que se apela como recurso de última instancia, y en la puesta en marcha de diversos dispositivos de integración.

La Argentina, en ese momento también estaba interesada en ese proceso de transformación. Incluso desde el gobierno central y desde la Dirección Nacional de Salud Mental, había un proyecto de producir una experiencia similar a la de Trieste. Aquí se intenta una experiencia afín en tres lugares. Uno de ellos es Río Negro, en donde un pequeño Hospital Psiquiátrico, el Hospital de Allen, se transforma en Hospital General y se establece una estructura parecida a la italiana con distintos niveles de aciertos. Este representa quizá el intento más avanzado en el sentido de que es allí en donde la experiencia logra cierta legitimación a través de una ley 2440, promulgada en 1991. También se intenta en Córdoba, en donde evoluciona hasta un punto y luego se cristaliza.
El tercer lugar fue Buenos Aires, en el Hospital Borda. Ahí se convocaron a varios profesionales: a los Doctores José Grandinetti, Ricardo Grimnson, Alberto Méndez, entre otros. La experiencia Desmanicomializadora no se concretó por limitaciones políticas, económicas e ideológicas. Pero a pesar de ello quedaron instaladas ciertas propuestas renovadoras en el campo de la salud mental, entre ellas el Frente de Artistas del Borda, conformándose como un movimiento artístico e ideológico independiente -si bien funciona físicamente dentro del hospital Borda- al que concurren internos, externos, y personas que se atienden en consultorios externos, y que desde 1998 está abierto a la comunidad en general.


Así emerge el F.A.B., casi desde una trinchera, siempre resistiendo, luchando, avanzando. Y así seguimos, realizando una práctica de Desmanicomialización, siendo nuestro objetivo final su elaboración y concreción. En relación a esto último y frente a los discursos engañosos que han asociado este proceso con la pérdida de la fuente laboral de los trabajadores y con el desamparo de personas desde el FAB decimos que:



DESMANICOMIALIZAR
NO es el cierre del Hospital Público
NO es dejar a los internos en la calle
NO es dejar a los trabajadores de la salud sin sus puestos de trabajo
NO es privatizar la atención de la salud pública
NO es sobremedicación
NO es encierro
NO es segregación
NO es violencia física, psíquica y química
NO es depósito de las personas
NO es abandono ni desamparo
NO es judicialización de la internación

DESMANICOMIALIZAR
ES la atención digna de la salud mental
ES transformar el vínculo entre profesional y paciente
ES internación corta en Hospitales Generales o Centros de Salud Mental
ES dignificar el trabajo de los enfermeros
ES atención ambulatoria, domiciliaria: el profesional va hacia el paciente y/o el paciente va hacia el profesional
ES recuperar los lazos familiares y sociales de los pacientes
ES garantizar la vivienda (propia y/o familiar; o a través de hogares sustitutos, casas de medio camino, etc.)
ES garantizar el trabajo de los pacientes (mantenimiento de la relación laboral; creación de cooperativas, de bolsas de trabajo; microemprendimientos y otros.)
ES una mejor utilización y distribución de los recursos económicos.
ES brindar más información, apoyo y contención a las familias
ES convertir al “manicomio” en un Hospital General con un área de Salud Mental
ES la búsqueda de nuevas alternativas de tratamiento.


“Desmanicomializar. Diecisiete letras, las conté. Una palabra larga y difícil de pronunciar. Es más rápido decir: NO TEMAS ó HACETE CARGO!"

C. Canosa ex – tallerista.



Estamos detrás de los muros de este hospicio y vemos transcurrir los días y las horas vacías de contenido y de amor, solos, siempre solos. 

¿Somos peligros los locos, que Dios nos ha mandado a este infierno? ¿Quiénes son los ángeles vestidos de blanco que hablan por nosotros? ¿Para recuperarnos debemos seguir encerrados aquí? ¿Es por nuestra propia seguridad o por la de los afuera?

Los que nos burlan como payasos y nos marginan como perros apestados son los que no nos permiten trabajar y son parte del sistema corrupto donde solo viven los poderosos. Nos han desterrado del paraíso de la razón para sumergirnos en el remolino de la violencia manicomial… 

¿Es posible irse de este hospicio? Sólo algunos logran el alta, ese gran milagro de los dioses médicos, y en ese preciso momento viene a nuestra cabeza a puro galope una estrofa del Martín Fierro: "Hay algunas tan malditas que curan con este juego”. 
Quizás sea posible pensar que el que se cura lo ha hecho únicamente para darle la razón al que supuestamente lo curó. Pero… ¿donde va a vivir?  ¿Dónde va a comer?

El que conoce la obra de José Hernandez sabe de lo que estamos hablando. Según él, los indios, para curar a los enfermos, lo untaban con grasa, los ponían a freír al sol, una china le quemaba la boca con una piedra incandescente, mientras otra le gritaba maldiciones al oído. Quién puede imaginarse que con tales torturas y maltrato alguien se curara…

Todo gira en un círculo vicioso. ¿Para qué sirven estos manicomios? ¿Dónde está la llave para salir de este infierno? ¿Qué agua puede tomar un loco para curarse? ¿Qué podemos hacer para poner un límite a una sociedad cada vez mas bestial? ¿Acaso esta sociedad no comprenda que la justicia no se negocia y que la libertad no es posible con un “orden” que condena y que en lugar de hombres engendra demonios.

¿Será que la sociedad necesita de cloacas, como este manicomio, para purificar las aguas de su pantano? 
¿Qué hacer frente a esos muros...?
¿Del cielo, del mar o de esta misma tierra vendrá la fuerza para destruirlos?

Carta confeccionada colectivamente por los miembros del taller de periodismo del FAB, en el año 1989.
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Para mí, la locura es cordura. Lo normal son los psicóticos. Normal significa falta de imaginación, falta de creatividad. 
                                                                                           Jean Dubuffet 

Arte de parias, enfermos, outsiders... el Art Brut ha disfrutado de escaso predicamento como movimiento de vanguardia, poco más allá de su consideración de anécdota. De hecho, a excepción de Dubuffet, quien acuñó el término y abogó por la consolidación de esta tipología, no existen muchos más representantes de nombre conocido. Su base, sin embargo, no podría ser más atractiva: un arte surgido al margen de cualquier conocimiento previo artístico, un "arte puro", resultado de una expresión completamente libre.

Fuera de los límites

En los umbrales de la segunda mitad del s.XX Dubuffet, después de un periodo de investigación, acuñará el término "art brut" para hacer referencia al arte producido por aquellas personas que no habían sido "contaminadas" por ninguna clase de influencia ni academicismo artístico; personalidades las más de las veces al margen de la sociedad -enfermos, locos, ancianos, e incluso niños- cuya compresión estética era por completo innata. Con la apreciación de esta "corriente" se refundaban las bases de una pintura primitiva y la existencia de un artista en potencia en cada individuo; capacidad que, según Dubuffet, habría sido asfixiada en la mayor parte de los casos por las imposiciones de la sociedad. De esta manera, los únicos que realmente habrían podido dar rienda suelta a esta potencialidad serían aquellos que se encontraban precisamente al margen de ésta; todo aquel individuo exonerado de las exigencias sociales y con un gusto estético por completo virgen.


Jean Dubuffet

Dubuffet, pintor y escultor de origen francés notablemente influyente en el s.XX, descubrirá en hospitales y psiquiátricos un arte que daba respuesta a las dudas que el arte convencional le había hecho plantearse. Tras un periodo recorriendo sanatorios de Suiza, comenzará su propia colección de Arte Bruto y, a partir de este momento, no sólo él mismo se adentrará en la corriente sino que hará todo lo posible por categorizarla mediante la difusión y el coleccionismo. Su obra se caracteriza por la síntesis de diversos materiales, un expresionismo de corte naïf muy intrincado, que roza la perturbación, y la limitación cromática que aplicará en sus grandes esculturas. Hay que destacar la existencia, junto con Dubuffet, de unos pocos representantes más del art brut de nombre conocido, como Robert Tatin, Adolf Wölfli, Aloïse Corbaz, así como el crecimiento posterior que su nomenclatura conocerá en la forma de una ampliación genérica: arte marginal, un término que acogerá cualquier manifestación artística generada fuera de la cultura oficial. 








  
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"Y yo seré el premio de este enigma. Me daré a conocer a aquellos que acierten en la charada universo y que desprecien lo suficiente estos órganos y estos medios que yo he inventado para sacar conclusiones contra su evidencia y contra su claro pensamiento".
Paul Valéry. El señor Teste.
La obra poética de Alejandra Pizarnik ocupa un lugar de relevancia en nuestro ámbito literario. De indudable singularidad, suele señalarse su oscuridad atrapante. No ha hecho escuela, sin embargo, pues su estilo además de fascinar resulta incapturable en su efecto ominoso, cuya exacerbación con la muerte provoca reacciones antinómicas, cautivando en la maravilla de lo inhallado o espantando ante lo extraño. Consecuentemente, ha inducido en críticos destacados la opinión de consistir en la escritura de alguien predestinado, desorganizado por la locura, inmerso en la experiencia mortuoria. Tesis fuertes que no desdeñan cruzar textos impares con recursos biografistas. En lo que sigue, por lo tanto, me propongo poner a prueba estas linealidades menos por afán polémico que para despejar, siquiera someramente, alguna condición de la escritura y la noción de autoría.
"No tenía salvación: no había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar", escribe Enrique Molina con sencillo fatalismo.
Alejandro Fontenla, quien prologa una selección de poemas con un estudio acerca de la autora y/o la obra, carga las tintas sin desdeñar la psiquiatría: "Hasta Extracción de la piedra de locura, la muerte es una apelación permanente, pero es todavía un tema literario, algo de lo que se habla. Este es, en cambio un libro escrito «en» la muerte, ubicado situacionalmente en la muerte, desde donde el yo poético escucha «golpes en la tumba» o percibe «grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón». Es difícil encontrar en la literatura un ejemplo semejante, por el grado de intensidad con que la experiencia de la muerte es incorporada a un texto. Así como El infierno musical, su último poemario es, a secas, un libro póstumo escrito en vida". Luego subraya el carácter delirante de su discurso, cuyos "límites formales son precisamente los vaivenes del delirio, y donde lo inconexo y disonante accederá al texto cuando la desesperación así lo dicte".
Es consenso ubicar a Extracción de la piedra de locura en un momento decisivo de la producción de Pizarnik, que divide un antes y un después incluso en el aspecto formal, pues los poemas abandonan la versificación para extenderse en prosa, de un modo que ha sido emparentado con Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud. Citando esa obra de Pizarnik, Cristina Piña -su biógrafa y compiladora de las Obras completas- opina "Se trata de auténticas visiones «del otro lado de la muerte», desde la tumba -«No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de tumbas»- o a punto de entregarse a la muerte... es imprescindible señalar que en todos ellos (esos textos) se realiza una auténtica desestructuración del sujeto" que concluye "equiparando subjetividad, poema y aniquilación del yo". (...) Según esta autora, "la singular inquietud que nos producen los textos de Alejandra en gran medida se relaciona con el hecho de que su muerte se erige en autenticación retrospectiva de su obra suicida".
La perspectiva de Graziano, relacionada con la tesis precedente pero también con lo que habré de desarrollar, resulta un importante punto de inflexión. Entiende la escritura de Pizarnik como "obra suicida" de carácter ritualista, que "ofrece cierta medida de protección y aislamiento contra la muerte a la que nombra"; se trataría de "la macabra procesión de la poeta hacia su fin preconcebido e inevitable". Si la suya fue una "obra suicida", la muerte habría consistido en un "suicidio-poema" presentado "no sólo como texto final de la obra sino como su magnum opus". "Deseaba un silencio perfecto. Por eso hablo", escribe Pizarnik. Graziano estima que ese anhelo de silencio fue aspirado por el absoluto de la muerte, y su fin habría sido la trágica culminación de su palabra. No obstante, también señala: "Esta demanda de actos "reales" para sostener textos concebidos en una realidad y una gramática separadas... es una extensión y una mala aplicación de estrategias de lectura apropiadas para obras de no ficción, en que la validez se mide compulsando los textos contra los hechos a los que se refieren".
Hay algo crucial en las argumentaciones que destacan un sujeto desestructurado en la experiencia de una muerte incorporada al texto. La misma Alejandra Pizarnik daría la razón en palabra y acto:
 
                             Pero hace tanta soledad
                             que las palabras se suicidan.

había escrito en 1958 en "Hija del viento", catorce años antes de su muerte, producida por una sobredosis de barbitúricos que muchos interpretaron como suicidio, sobre todo atendiendo al lugar creciente de la muerte en sus escritos, que culminaría dramáticamente en los últimos poemas:

                             La noche soy y hemos perdido.
                             Así hablo yo, cobardes.
                             La noche ha caído y ya se ha pensado en todo 

En el pizarrón de su cuarto de trabajo, entre otras cosas se leyó

                             no quiero ir
                             nada más
                             que hasta el fondo

(...) Retomando algunas tesis precedentes, es preciso formular preguntas: ¿Cabe suponer que de la propia muerte haya experiencia? ¿Puede ese límite de toda experiencia, porque a partir de él nadie cuenta el cuento, tomar cuerpo literario? Ateos y creyentes aludimos la muerte como figuración del límite de la vida y el presunto más allá. Trazando líneas divisorias, líneas de puntos, colocando puntos finales graficamos esa virtualidad de la que decimos saber o ignorar el otro lado; nada indica que haya otro lado, y si nada lo indica imaginamos. Sólo estipulado más acá, no es cosa del límite pensar el límite. La misma Alejandra Pizarnik aventura una importante hipótesis, enlazando sexo y muerte, en "La condesa sangrienta" a propósito de las torturas que a comienzos del siglo XVII Erzsébet Báthory, asesina de 610 muchachas, infligiera a sus víctimas, para bañarse de eternidad con su sangre: "El desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y estertores como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzsébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta cómo y dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa Báthory. Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer, esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque, ¿cómo ha de morir la Muerte?". Inferencia que es dable aplicar a la poética de la muerte en nuestra autora. Remota antecesora, la condesa había escrito, a propósito de sus víctimas: “Su sangre no las llevará más allá; la que va a vivir ahora de ella soy yo, otra yo; seguiré su camino, su camino de juventud que las conducía a la maravillosa libertad de gustar. Por su camino, que yo hago mío con trampas, llegaré al amor... Pues no sé de dónde vengo, no sé adónde voy: estoy aquí”.
(...) "No quiero ir nada más que hasta el fondo", dejó escrito. A ese fondo hay que llegar, y la propia autora "nada más" afirma un ambiguo "no quiero ir..." que antecede a lo innombrable, aludido como "fondo" en suspenso. Arriesgo lo evidente: escribe como poeta, tensando al límite la posibilidad ficcional de la palabra; pero ese límite no concierne a la palabra sino a su interrupción, a que la tiza ya no dibujaría otras. Al denominar suicidio a un último momento desesperado, echamos mano a un signo de la lengua para mitigar el desconcierto que nos produce un acto humano indescifrable.

Por Carlos Pérez - 24  de septiembre de 2009
                                                                                                                                                                                                                           
Cuando "las palabras se suicidan", en otro poema de la misma época dice:

                             Hemos dicho palabras,
                             palabras para despertar muertos,
                             palabras para hacer un fuego,
                             palabras donde poder sentarnos
                             y sonreír.
Resulta casi obvio, pero hay que poner de relieve que debemos atenernos a la condición metafórica de la palabra, gracias a la que es factible sentarse sobre ella, suicidarse poéticamente, despertar muertos o hacer fuego, todo menos confundirla con el referente como le ocurre a quien postula "vaivenes del delirio"; porque de haber psicosis la cosificación de la palabra no difiere de la cosa mentada. Esto nos coloca ante niveles varios de problema, por demás importantes: si se empleara "vaivenes del delirio" metafóricamente, podríamos estimar afortunada o no la figura, sin por ello diagnosticar como delirante a Alejandra Pizarnik. Pero es diferente disponer un criterio psiquiátrico, en cuyo caso se redoblan los interrogantes: ¿Puede una producción psicótica ser a la vez poética? No para el autor, pues ni siquiera habría tal autor por falta del espacio simbólico que lo constituya en resto de la obra. Y si un lector apelmaza la palabra contra el referente, la propia lectura resulta delirante. No por culpa de la autora Pizarnik, que escribe

                             no
                             las palabras
                             no hacen el amor
                             hacen la ausencia
                             si digo agua ¿beberé?
                             si digo pan ¿comeré?

La persona que da curso a un delirio, teniéndolo por certeza cree ciegamente en él, lo que no impide al lector destacar, establecer un valor poético. Sería el caso de alguien diciendo que Pizarnik delira de aquí para allá y su lectura sea un hallazgo literario: vaivén del delirio, delirio del vaivén; hallamos un ritmo y la cadencia deviene musical. Hasta podemos suponer un crítico digno de Hilda la polígrafa, divertido con la disposición a creer la verdad psicótica de la escritora. Con lo que venimos a redescubrir el equívoco predestinado en que nos coloca la palabra.
El discurso delirante, en cambio, carente de equivocidad, es manifestado de modo incontrastable por el sujeto que lo experimenta. 
A modo de somero ejemplo citaré algún párrafo de un delirante que llegase a la fama gracias a que sus Memorias sirvieron a Freud para desarrollar su teoría de la psicosis, Daniel Paul Schreber. En un pasaje tomado al azar de su extenso libro, en que refiere su punto de vista acerca de Dios y el proceso creativo, escribe: "Yo también sé provocar estos milagros del espanto deliberadamente o algo que se le parece, colocando mi mano ante una superficie blanca, ante la puerta de mi habitación pintada de blanco o ante las placas de esmalte blanco de mi estufa, contra las cuales se tornan visibles ciertas sombras contorsionadas muy extrañas, engendradas manifiestamente por una transformación singular de la irradiación luminosa solar. Estos fenómenos no tienen nada que ver con impresiones subjetivas ("alucinaciones visuales", en el sentido que les da Kraepelin en su Psiquiatría), puesto que cada vez que sobreviene un milagro de espanto, es mediante la orientación forzada de mi mirada (direcciones forzadas de los ojos) que mi atención es atraída hacia él". A Schreber le preocupa dejar constancia que no se trata de alucinaciones ni de subjetividad alguna, ya que la excluyente atracción del objeto impide cualquier sustracción al espanto una vez que la mano ha tocado la superficie blanca y permanece absorto ante la tiranía de las sombras contorsionadas. 


No es difícil contraponer esta impresión, de absoluta nitidez, con la conocida angustia ante la página en blanco y hasta es posible suponer un escritor no menos absorto ante el curso de las formas que la mano escribe y describe. Tampoco el tema que devana a Schreber es ajeno a la preocupación de Pizarnik, quien se encarga en destacar una cita que a su vez Cortázar tomara de Lautréamont, a propósito de una mirada que se enajena en una sombra: "Esos ojos no te pertenecen... ¿de dónde los has tomado?", idea que formaría parte de un poema suyo: "Alguien proyecta su sombra en la pared de mi cuarto. Alguien me mira con mis ojos que no son los míos"
Pero el límite que distingue el acto poético del psicótico, tan sutil como decisivo, es la sufriente conciencia de que el hecho de arte es un artefacto que cobra cuerpo contra la aspereza de una superficie nula. Las sombras que en Schreber se contornean como efecto de una luz divina pueden no diferir del encierro en la tumba, relativo a la amenaza violadora de cuerpos iluminados, de ese "alguien" que es alien, de inquietante mirada en Pizarnik. Aunque al lector pueda acaso resultarle tan poético o delirante uno u otro, debe ser cuidadoso al inferir la posición del escritor respecto del texto. El sujeto preso en el delirio argumenta que no hay "subjetividad" porque el asunto es elocuente por sí mismo; si fuera tachado de "loco" respondería que nada hay más cuerdo que lo suyo, pues consiste en pura objetividad, en realismo veraz. El poeta, en cambio, no se sustrae a la extrañeza, a la íntima locura de que "yo sea un otro" y a su pesar advierte que es una producción engendrada en ausencia, donde el que enuncia y el objeto aludido despliegan sus enigmas.

(...) Acostumbramos el pensar a la cronología: dado un supuesto acontecimiento -experiencia con la inmediatez de la muerte o el delirio en Pizarnik- el autor dispondría luego el relato de lo vivido. Pero el trabajo de una obra involucra tiempos de ida y vuelta a lo que no permanece inmutable. El acontecimiento es, en arte, menos el regreso a un pasado múltiple que la sustancia que le da forma -a lo extrañado, al tiempo, a la propia busca- dispuesta en escritura. 
(...) Debemos distinguir los desdoblamientos entre persona (condición necesaria, pero siempre supuesta) /obra/autor. Mientras la persona va hacia la obra, el autor experimenta -ahora sí- un retorno, que no es tranquilo; vuelve de la inspiración y el trabajo de escritura con el sentimiento de ajenidad de quien frecuentara un lugar extranjero, del que la obra es mapa o escorzo, y a veces la propia escritura explicita esa excentricidad. Hablando de sus poemas, Alejandra Pizarnik los llama "pequeños fuegos para quien anduvo perdida en lo extraño". Es célebre el "yo es un otro", que Rimbaud confiara a Paul Demeny en carta fechada un 15 de mayo de 1871, formulado del revés por nuestra poeta: "y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo". Revelándose contra quienes manejaban una idea adocenada del escritor, Rimbaud agrega en esa carta: "¡Si los viejos imbéciles no hubiesen encontrado del Yo más que la significación falsa, no tendríamos que barrer estos millones de esqueletos, que, desde un tiempo infinito, han acumulado los productos de sus inteligencias miserables, aclamándose autores!". 

En Extracción de la piedra de locura, fuertemente relacionada con Rimbaud, Pizarnik frecuenta el recurso al desdoblamiento formal del yo. Si en la citada carta Rimbaud alude a "un golpe con el arco del violín" y entonces "la sinfonía se mueve en las profundidades o asciende de un salto a la escena", Pizarnik despliega una escena que renegando de cualquier ascenso permanece en la espesura sin luz o se enclaustra en una tumba. "Hablo en mí como en mí se habla -escribe-. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque".
                                                          
2.

Luego de lo precedente, examinaré con algún detalle Extracción de la piedra de locura -poema que, según cierto consenso, acentúa el viraje hacia la alienación mental y vital tematizando locura y muerte-, sin ahorrar citas de lo que Alejandra Pizarnik escribiera luego, en ese período que el cierto consenso encuentra delirante o alucinado, terminal, acabado, póstumo en vida, donde sólo cabe la muerte, en el que algo ha estallado fracasando el destino poético de la autora. 
(...) Un problema de la literatura sobre literatura -sospecho que en rigor no hay otra, que no hay más apego que la letra para la letra- es la tendencia a redundar en prólogo. Quien prologa posloga, anticipando entre la tapa y la página primera su recordatorio a lo que podría ser novedad de lectura. Y como quien más quien menos nadie se sustrae a la inquietud por lo desconocido, el prólogo funciona como hoja de ruta o mojón orientador, a costa de disipar un hallazgo de autor en el momento impensado. 
Pero el texto mejor logrado no es menos recurrente que un prólogo; la diferencia consiste en que ejerciendo su poder en la escena literaria opaca, desvirtúa, diluye, emplea como cimiento y hasta tematiza la sombra del que, conocido o ignorado, lo antecede.

                             el centro
                             de un poema
                                                          es otro poema
                             el centro del centro
                                                          es la ausencia
                             en el centro de la ausencia
                             mi sombra es el centro
                             del centro del poema
 
Extracción de la piedra de locura comienza del siguiente modo: "La luz mala se ha avecinado y nada es cierto. Y si pienso en todo lo que leí acerca del espíritu... Cerré los ojos, vi cuerpos luminosos que giraban en la niebla, en el lugar de las ambiguas vecindades. No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de tumbas. El silencio, el silencio siempre, las monedas de oro del sueño".

La aseveración de apertura es que la luz es mala, a la que de inmediato se asocian "cuerpos luminosos". Algo se anuncia, relativo a la nefasta luminosidad de los cuerpos, pero no habría que temer por cuanto nadie viola tumbas, donde el sueño empeña su moneda de oro. Tenemos perfilado un fuerte contraste: si es repudiable la luminosidad de los cuerpos despiertos, queda el refugio en la muerte-sueño que apaga destellos. "Morir, dormir, quizá soñar" profiere Shakespeare por boca de Hamlet; la autora emplea esta poética equivalencia para sustraerse a la violadora luminosidad de cuerpos en vigilia. "Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar" exclama luego, convirtiendo el mortuorio refugio en un recursivo soñar la tumba.

No hay una tumba que aguarde como oscuro destino, porque en un bosque de tumba ha morado la protagonista, allí vive. Efecto que resulta potenciado con estas palabras: "Si vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la memoria. Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba".
Desde ese lúgubre lugar los colores, la luz, los cuerpos encendidos permanecen ajenos hasta que el texto culmine en la figura más lacónica: "No me hables del sol porque me moriría". (...) En la virtualidad de un espacio invertido, dos muertes cruzan el latido de sus pulsos: uno persiguiendo el resguardo en la noche de tumba y sueño, otro de cuerpos encendidos, amenazantes de violación, cuyo sol acarrea una extinción insoportable. "Pero a mi noche no la mata ningún sol" escribe en "La mesa verde". Lo que para el lector sea un efecto ominoso, del lado de la protagonista es amparo, sosiego, conjuro.

¿Hay algún "escribir desde la tumba"? Si así fuera, quien lo hace anhela un otro, sobre la tierra, al que apela para salir  o al que en arrogante desafío parece decirle: ¡De aquí no me muevo, en este sueño-muerte permanezco instalada y nadie será capaz de sacarme! Paradoja de una exclamación redactada en la mesa de trabajo por alguien de quien cabría esperar un manifiesto desinterés en invocar un interlocutor. A menos que la autora quiera despertar en el lector un costado siniestro, constituyéndolo en depositario del horror gracias al que la tumba sea una ilusoria guarida desde la que se exclama: ¡Cobardes, no van al fondo! (como yo lo hago). También Rimbaud supo escribir: "Soy realmente de ultratumba", cuando ese sitio carece de palabra a menos que se busque la presencia del lector para generar el espacio de una verdad de ultraencierro. En arte de escritura cierta forma del encierro, lejos de sofocar, es condición necesaria para un destello de libertad, al estilo de la exclamación de Rimbaud: "Y libre sea este infortunio".  

Si tomamos a la letra ser "realmente de ultratumba" estamos comprometidos con una verdad que toma cuerpo en la obra. Vincent Van Gogh, admirado por Alejandra Pizarnik, lo expresa con elocuencia al reflexionar sobre su pintura. En carta a su hermano Theo se revela contra la norma según la cual una figuración es lograda si reproduce fielmente una forma de la realidad. "A mí me desesperaría que mis figuras fueran buenas... -exclama-, no las quiero académicamente correctas... si fotografiara a un hombre que cava, la verdad es que no cavaría" Y luego: "Mi gran anhelo es aprender a hacer tales inexactitudes, tales anomalías, tales modificaciones, tales cambios, tales cambios en la realidad, para que salgan, ¡pues claro!... mentiras si se quiere, pero más verdaderas que la verdad literal". En ese sentido, la tumba anómala de Pizarnik genera una verdad que en vano buscaríamos en un espejo realista. El realismo se sustenta en lo verosímil mientras lo real, careciendo de símil que lo contenga, es rigurosamente inverosímil; sólo puede ser intuido ficcionalmente y es artista -como lo fueron Van Gogh, Rimbaud, Pizarnik- quien logra sustanciar en obra esa radical heterotopía. "Artaud, como Van Gogh, como unos pocos más, dejan obras cuya primera dificultad estriba en el lugar -inaccesible para casi todos- desde donde las hicieron" escribe Pizarnik en un ensayo sobre Artaud. Pero ya es una dificultad insalvable suponer que se crea desde algún lugar; en vez de plantear ese problema, resulta más adecuado atenerse a que, gracias a la obra, algo adviene a un lugar inexistente hasta entonces. Hombre que cava, tumba, ultratumba son verdades tangibles en el pincel o la pluma de sus autores, cuyos "lugares" difieren del afán por lo verosímil que suele organizar nuestro acontecer cotidiano. Contestando una interrogación anterior, diré que no se escribe desde la tumba, pero se escribe la tumba.

La palabra es símbolo, ausencia, por carecer de inmediatez con la realidad material; pero si alcanza estado poético, en la virtualidad de ese espacio acontece algo real. Al antes citado poema 
                             no
                             las palabras
                             no hacen el amor
                             hacen la ausencia
                             si digo agua ¿beberé?
                             si digo pan ¿comeré? 

debemos entenderlo menos poética que didácticamente, porque la sed y el hambre de amor son la condición necesaria para que una metáfora insinuada entre silencios de almohada sea capaz de alimentar la vida.
Puede imaginarse la tumba como sitio de soledad extrema, aunque al lograr escribirla no se está en la despiadada soledad sola. "La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje". 
(...) "Y ahora juegas a ser esclava para ocultar tu corona", se lee luego en Extracción de la piedra de locura. Un modo de volver notorio que el claustro de la tumba, lejos de esclavizante es un ardid que escamotea la evidencia de una corona. A partir de aquí, el texto insinúa una trama argumental: a la corona oculta le corresponde un reino de cenizas, donde el poema es el muro blanco de una reina loca, residencia de una princesita ciega -lo que es decir no nacida, no alumbrada- y un rey muere de amor por ella. Hay un llorar funesto e intención de la protagonista en extraer de sí la locura aunque, advierte, en eso radica "tu solo privilegio".

Si antes notamos el recurso a una inversión de los valores convencionales, trocándose en funesta la luz y en bienhechora una oscuridad de tumba, ahora acontece una vacilación ante la locura: tanto es la piedra que debiera expulsarse como el solo privilegio, reducto y blasón. Resulta claro (no me sustraigo a una figura lumínica) que el lector situado en el lugar convencional encontrará ominosas estas alusiones, cuando taxativamente se dice que deben ser hallados los valores mediante una transposición, por la que el reino es de cenizas, la princesita lo es a condición de exorcizar la luz (ceguera) y la locura constituye un baluarte a defender. Para entenderlo es necesario tomar en cuenta que "te han humillado hasta cuando te mostraban el sol"; entonces la protagonista pide ser tenida por "princesita ciega".. En otro poema de esta época leemos que hay, como requisito, un "cuerpo poético no filtrado por el sol" Para decirlo una vez más: es condición poética la de un cuerpo exento de sol, de luz, por cuanto el cuerpo luminoso equivale a violación consumada, y a la protagonista obsesiona la castidad opaca de una tumba.
(...) "Haberse muerto en quien se era y en quien se amaba" dice en la continuación del poema que nos ocupa, para luego vacilar en un "haberse y no haberse dado vuelta como un cielo tormentoso y celeste al mismo tiempo". La "pequeña asesina" llora como "niña loba" y anhela: "Hundirme en la tierra y que la tierra se cierre sobre mí. Extasis innoble". 
A continuación, el poema anima la forma audaz de un "niño florentino que miras ardientemente" figurado en una pintura, que extiende su mano, ofertando permanecer a su lado. Pero hay un requisito incumplible: "No (dije), para ser dos hay que ser distintos". Lo distinto es una diferencia rechazada que incita al refugio en ataúdes de colores maliciosos.

Y entonces la confesión: "Alma partida, alma compartida, he vagado y errado tanto para fundar uniones con el niño pintado en tanto que objeto a contemplar, y no obstante, luego de analizar los colores y las formas, me encontré haciendo el amor con un muchacho viviente en el mismo momento que el del cuadro se desnudaba y me poseía detrás de mis párpados cerrados". Una duplicidad de muchacho viviente y niño imaginario despeña la división entre un afuera al que se cierra los ojos y el que por detrás de los párpados se desliza. Lejos de rechazar el color, por la concavidad que el niño maravilloso enciende aparece una figura inesperada, de extraña hermosura en el presagio de tanta oscuridad: "Sonríe y yo soy una minúscula marioneta rosa con un paraguas celeste yo entro por su sonrisa yo hago mi casita en su lengua yo habito en la palma de su mano cierra sus dedos un polvo dorado un poco de sangre adiós oh adiós". 

Luego habrán de permanecer "grietas y agujeros en mi persona escapada de un incendio", abatida por "la sombra de un pájaro de bello nombre" hasta que se produzca la avaricia de "un naufragio en tus propias aguas" y el sol sea rechazado con su luz insoportable. Pero la protagonista no deja de soñar con un rey que moriría de amor por ella. No obstante, ha llegado a "la tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados", figura recurrente del ahogo, encierro en la tumba de sueño, entrega a la secreta majestad del niño, luminoso tan solo tras los párpados.

No es difícil, presentadas las cosas de este modo, imaginar una adolescente ensimismada, temerosa y rechazante de la experiencia con lo distinto de otro sexo, amparada en el deseo de un niño que encarnando la mismidad alumbra el revés de las pupilas. La escritura poética conjuga estas figuras, y si el lector infiere una autora delirando se distrae, suponiéndola hundida en lo siniestro cuando la ominosidad cruza un afuera de luz y color, con cuerpos encendidos violadores, mientras la tumba es el amparo de cubierta oscura para la fugacidad florentina en celeste y rosa penumbra.
Hay en el poema un itinerario proliferante en luz y sombras: 

          La luz, lo malo
          Girar en la niebla
          Cuerpos luminosos, violadores de tumbas
          Verde alameda que no es verde
          Cielo tormentoso y celeste
          Sol-humillación
          Llamarse toda la noche
          Ser de noche en ti
          Corazón de la noche
          Noche de los cuerpos
          Ataúdes de colores deliciosos
          Pequeñas figuras azules y doradas que gesticulan
          Minúscula marioneta rosa
          Paraguas celeste
          Polvo dorado
          Sol que mata, luz que es muerte
          Cielo raso azul
          Sombra de un pájaro de bello nombre
          Voz apenas coloreada
          Tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados
          Caballos blancos demasiado tarde
          Vientos rojos, vientos negros
          Es tan oscuro
          Aurora de dedos negros
          Noche de los cuerpos
          Corazón de la noche
          Luz tristísima
          Parches negros en el ojo
          Princesita ciega
          Vida de tu sombra
          Muro blanco
          Espacio negro
          Roja violencia elemental

Figuras exacerbadas en clave de oxímoron, tal como aparece en "Lazo mortal": "Hacer el amor adentro de nuestro abrazo significó una luz negra: la oscuridad se puso a brillar. Era la luz reencontrada, doblemente apagada pero de algún modo más viva que mil soles".
Según cierta opinión, tan difundida como errónea, es artista quien tenga algo que decir. ¿Quién viviría en una planicie exenta de niños florecientes y sueños reales? ¿Quien no fue niño maravilloso, heredero o merecedor de un rey? ¿Dónde falta una reina loca, capaz de ser loba o esfinge? ¿Quien no ha penado por lo diverso, por lo radicalmente otro? ¿Quién no fue violado por una luz de verdad, desgarrante de obstinadas creencias? 

Si algo descubrió el genio de Freud es la vigencia de los mitos organizadores del sujeto: Narciso y Edipo. Es condición humana tener algo que decir, y artista quien resulte capaz de decirlo, como Alejandra Pizarnik evidencia del mejor modo. Con esto se llega a que, en el análisis que nos ocupa, poco o nada podamos afirmar acerca de la persona así llamada, pero tenemos un texto, una obra que pone de relieve la especial condición de un autor que firma con ese nombre acicateando a sus lectores hasta situarnos en disímiles posiciones de rechazo, aceptación, gusto o disgusto, induciendo al rastreo minucioso o a una aprehensión global. Una cosa no estamos en condiciones de hacer: cuando leemos               

                             Pero hace tanta soledad
                             que las palabras se suicidan

carecemos de autoridad para inferir, en un suicidio de palabras que dicen y palpitan, el final oscuro de la escritora. Aunque haya dado con la muerte una noche de sobredosis.
Tal vez, arriesgo la conjetura, la muerte se concretó un azaroso septiembre de 1972 -azaroso porque no fue en el 58 al suicidarse las palabras ni en cualquier otra fecha-, cuando la escritura claudicase en ficcionalizar el fondo y la tumba, a la que no se quería ir, concluyó haciendo lugar, oblicuamente, a lo impensable. Luego de la última palabra dibujada en la pizarra, pero antes del punto final.
Aunque es preciso advertir que esto es metáfora de lectura porque Segismunda, personaje de Alejandra, nos advierte: "No necesito sugerencias acerca de probables epílogos. Estoy hablando o, mejor dicho, estoy escribiendo con la voz. Es lo que tengo: la caligrafía de las sombras como herencia".

Podés leer el texto completo en Topía, "Un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura".

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