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Deseando morir


Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.

Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.

Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.

En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.

De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.

No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.

Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.

¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,

y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.

Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.



Yapa: tema que compuso Peter Gabriel dedicado a la poetisa y que lleva el título Mercy Street haciendo alusión a la obra "45 Mercy Street" de Sexton.

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Tú y yo estamos condenados
por la ira de un señor que no da el rostro
a danzar sobre un paraje calcinado
o a escondernos en el culo de algún monstruo.

Tú y yo siempre prisioneros
de aquella maldición desconocida.
Sin vivir, luchando por la vida.
Sin cabeza, poniéndonos sombrero.

Vagabundos sin tiempo y sin espacio,
una noche incesante nos envuelve,
nos enreda los pies, nos entorpece.

Caminamos soñando un gran palacio
y el sol su imagen rota nos devuelve
transformada en prisión que nos guarece.

Reinaldo Arenas - La Habana, 1971.




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En las trémulas tierras que exhalan el verano,
el día es invisible de puro blanco. El día
es una estría cruel en una celosía,
un fulgor en las costas y una fiebre en el llano.

Pero la antigua noche es honda como un jarro
de agua cóncava. El agua se abre a infinitas huellas,
y en ociosas canoas, de cara a las estrellas,
el hombre mide el vago tiempo con el cigarro.

El humo desdibuja gris las constelaciones
remotas. Lo inmediato pierde prehistoria y nombre.
El mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones.
El río, el primer río. El hombre, el primer hombre.



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Everness

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.

Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.

Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores.

Y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.

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La mano que firmó el papel

La mano que firmó el papel derribó una ciudad;
cinco dedos soberanos tasaron el aliento,
duplicaron el mundo de los muertos y partieron un país por la mitad;
esos cinco reyes hicieron un rey de la muerte.

La mano poderosa lleva a un hombro vencido,
las falanges contraídas por la gota;
una pluma de ganso puso fin a la matanza
que puso fin al discurso.

La mano que firmó el pacto engendró fiebre,
y creció el hambre, y vino la langosta;
grande es la mano que tiene dominio sobre el hombre
sólo por un nombre borrajeado.

Los cinco reyes cuentan los muertos
pero no alivian la herida encostrada ni acarician la frente;
una mano decide la piedad como otra decide el cielo;
las manos no tienen lágrimas que derramar.


The hand that signed the paper

The hand that signed the paper felled a city;
Five sovereign fingers taxed the breath,
Doubled the globe of dead and halved a country;
These five kings did a king to death.

The mighty hand leads to a sloping shoulder,
The finger joints are cramped with chalk;
A goose's quill has put an end to murder
That put an end to talk.

The hand that signed the treaty bred a fever,
And famine grew, and locusts came;
Great is the hand the holds dominion over
Man by a scribbled name.

The five kings count the dead but do not soften
The crusted wound nor pat the brow;
A hand rules pity as a hand rules heaven;
Hands have no tears to flow.

                                                                                                  *Versión en español de Gerardo Gambolini 
Descargalo en la BibliotecaDylan Thomas - Poemas completos.
Traducción, prólogo y notas de Elizabeth Azcona Cranwell

                                                      
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El corazón que ríe

Tu vida es tu vida
no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión
mantente alerta
hay salidas
hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
 vence la oscuridad
mantente alerta
los dioses te ofrecerán oportunidades
conocelas
tomalas
no podés vencer a la muerte
pero podés vencer a la muerte en la vida, a veces
y mientras más a menudo aprendas a hacerlo
más luz habrá
tu vida es tu vida
conocela mientras la tengas
sos maravilloso
los dioses esperan para deleitarse
en vos.




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"Y yo seré el premio de este enigma. Me daré a conocer a aquellos que acierten en la charada universo y que desprecien lo suficiente estos órganos y estos medios que yo he inventado para sacar conclusiones contra su evidencia y contra su claro pensamiento".
Paul Valéry. El señor Teste.
La obra poética de Alejandra Pizarnik ocupa un lugar de relevancia en nuestro ámbito literario. De indudable singularidad, suele señalarse su oscuridad atrapante. No ha hecho escuela, sin embargo, pues su estilo además de fascinar resulta incapturable en su efecto ominoso, cuya exacerbación con la muerte provoca reacciones antinómicas, cautivando en la maravilla de lo inhallado o espantando ante lo extraño. Consecuentemente, ha inducido en críticos destacados la opinión de consistir en la escritura de alguien predestinado, desorganizado por la locura, inmerso en la experiencia mortuoria. Tesis fuertes que no desdeñan cruzar textos impares con recursos biografistas. En lo que sigue, por lo tanto, me propongo poner a prueba estas linealidades menos por afán polémico que para despejar, siquiera someramente, alguna condición de la escritura y la noción de autoría.
"No tenía salvación: no había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar", escribe Enrique Molina con sencillo fatalismo.
Alejandro Fontenla, quien prologa una selección de poemas con un estudio acerca de la autora y/o la obra, carga las tintas sin desdeñar la psiquiatría: "Hasta Extracción de la piedra de locura, la muerte es una apelación permanente, pero es todavía un tema literario, algo de lo que se habla. Este es, en cambio un libro escrito «en» la muerte, ubicado situacionalmente en la muerte, desde donde el yo poético escucha «golpes en la tumba» o percibe «grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón». Es difícil encontrar en la literatura un ejemplo semejante, por el grado de intensidad con que la experiencia de la muerte es incorporada a un texto. Así como El infierno musical, su último poemario es, a secas, un libro póstumo escrito en vida". Luego subraya el carácter delirante de su discurso, cuyos "límites formales son precisamente los vaivenes del delirio, y donde lo inconexo y disonante accederá al texto cuando la desesperación así lo dicte".
Es consenso ubicar a Extracción de la piedra de locura en un momento decisivo de la producción de Pizarnik, que divide un antes y un después incluso en el aspecto formal, pues los poemas abandonan la versificación para extenderse en prosa, de un modo que ha sido emparentado con Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud. Citando esa obra de Pizarnik, Cristina Piña -su biógrafa y compiladora de las Obras completas- opina "Se trata de auténticas visiones «del otro lado de la muerte», desde la tumba -«No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de tumbas»- o a punto de entregarse a la muerte... es imprescindible señalar que en todos ellos (esos textos) se realiza una auténtica desestructuración del sujeto" que concluye "equiparando subjetividad, poema y aniquilación del yo". (...) Según esta autora, "la singular inquietud que nos producen los textos de Alejandra en gran medida se relaciona con el hecho de que su muerte se erige en autenticación retrospectiva de su obra suicida".
La perspectiva de Graziano, relacionada con la tesis precedente pero también con lo que habré de desarrollar, resulta un importante punto de inflexión. Entiende la escritura de Pizarnik como "obra suicida" de carácter ritualista, que "ofrece cierta medida de protección y aislamiento contra la muerte a la que nombra"; se trataría de "la macabra procesión de la poeta hacia su fin preconcebido e inevitable". Si la suya fue una "obra suicida", la muerte habría consistido en un "suicidio-poema" presentado "no sólo como texto final de la obra sino como su magnum opus". "Deseaba un silencio perfecto. Por eso hablo", escribe Pizarnik. Graziano estima que ese anhelo de silencio fue aspirado por el absoluto de la muerte, y su fin habría sido la trágica culminación de su palabra. No obstante, también señala: "Esta demanda de actos "reales" para sostener textos concebidos en una realidad y una gramática separadas... es una extensión y una mala aplicación de estrategias de lectura apropiadas para obras de no ficción, en que la validez se mide compulsando los textos contra los hechos a los que se refieren".
Hay algo crucial en las argumentaciones que destacan un sujeto desestructurado en la experiencia de una muerte incorporada al texto. La misma Alejandra Pizarnik daría la razón en palabra y acto:
 
                             Pero hace tanta soledad
                             que las palabras se suicidan.

había escrito en 1958 en "Hija del viento", catorce años antes de su muerte, producida por una sobredosis de barbitúricos que muchos interpretaron como suicidio, sobre todo atendiendo al lugar creciente de la muerte en sus escritos, que culminaría dramáticamente en los últimos poemas:

                             La noche soy y hemos perdido.
                             Así hablo yo, cobardes.
                             La noche ha caído y ya se ha pensado en todo 

En el pizarrón de su cuarto de trabajo, entre otras cosas se leyó

                             no quiero ir
                             nada más
                             que hasta el fondo

(...) Retomando algunas tesis precedentes, es preciso formular preguntas: ¿Cabe suponer que de la propia muerte haya experiencia? ¿Puede ese límite de toda experiencia, porque a partir de él nadie cuenta el cuento, tomar cuerpo literario? Ateos y creyentes aludimos la muerte como figuración del límite de la vida y el presunto más allá. Trazando líneas divisorias, líneas de puntos, colocando puntos finales graficamos esa virtualidad de la que decimos saber o ignorar el otro lado; nada indica que haya otro lado, y si nada lo indica imaginamos. Sólo estipulado más acá, no es cosa del límite pensar el límite. La misma Alejandra Pizarnik aventura una importante hipótesis, enlazando sexo y muerte, en "La condesa sangrienta" a propósito de las torturas que a comienzos del siglo XVII Erzsébet Báthory, asesina de 610 muchachas, infligiera a sus víctimas, para bañarse de eternidad con su sangre: "El desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y estertores como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzsébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta cómo y dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa Báthory. Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer, esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque, ¿cómo ha de morir la Muerte?". Inferencia que es dable aplicar a la poética de la muerte en nuestra autora. Remota antecesora, la condesa había escrito, a propósito de sus víctimas: “Su sangre no las llevará más allá; la que va a vivir ahora de ella soy yo, otra yo; seguiré su camino, su camino de juventud que las conducía a la maravillosa libertad de gustar. Por su camino, que yo hago mío con trampas, llegaré al amor... Pues no sé de dónde vengo, no sé adónde voy: estoy aquí”.
(...) "No quiero ir nada más que hasta el fondo", dejó escrito. A ese fondo hay que llegar, y la propia autora "nada más" afirma un ambiguo "no quiero ir..." que antecede a lo innombrable, aludido como "fondo" en suspenso. Arriesgo lo evidente: escribe como poeta, tensando al límite la posibilidad ficcional de la palabra; pero ese límite no concierne a la palabra sino a su interrupción, a que la tiza ya no dibujaría otras. Al denominar suicidio a un último momento desesperado, echamos mano a un signo de la lengua para mitigar el desconcierto que nos produce un acto humano indescifrable.

Por Carlos Pérez - 24  de septiembre de 2009
                                                                                                                                                                                                                           
Cuando "las palabras se suicidan", en otro poema de la misma época dice:

                             Hemos dicho palabras,
                             palabras para despertar muertos,
                             palabras para hacer un fuego,
                             palabras donde poder sentarnos
                             y sonreír.
Resulta casi obvio, pero hay que poner de relieve que debemos atenernos a la condición metafórica de la palabra, gracias a la que es factible sentarse sobre ella, suicidarse poéticamente, despertar muertos o hacer fuego, todo menos confundirla con el referente como le ocurre a quien postula "vaivenes del delirio"; porque de haber psicosis la cosificación de la palabra no difiere de la cosa mentada. Esto nos coloca ante niveles varios de problema, por demás importantes: si se empleara "vaivenes del delirio" metafóricamente, podríamos estimar afortunada o no la figura, sin por ello diagnosticar como delirante a Alejandra Pizarnik. Pero es diferente disponer un criterio psiquiátrico, en cuyo caso se redoblan los interrogantes: ¿Puede una producción psicótica ser a la vez poética? No para el autor, pues ni siquiera habría tal autor por falta del espacio simbólico que lo constituya en resto de la obra. Y si un lector apelmaza la palabra contra el referente, la propia lectura resulta delirante. No por culpa de la autora Pizarnik, que escribe

                             no
                             las palabras
                             no hacen el amor
                             hacen la ausencia
                             si digo agua ¿beberé?
                             si digo pan ¿comeré?

La persona que da curso a un delirio, teniéndolo por certeza cree ciegamente en él, lo que no impide al lector destacar, establecer un valor poético. Sería el caso de alguien diciendo que Pizarnik delira de aquí para allá y su lectura sea un hallazgo literario: vaivén del delirio, delirio del vaivén; hallamos un ritmo y la cadencia deviene musical. Hasta podemos suponer un crítico digno de Hilda la polígrafa, divertido con la disposición a creer la verdad psicótica de la escritora. Con lo que venimos a redescubrir el equívoco predestinado en que nos coloca la palabra.
El discurso delirante, en cambio, carente de equivocidad, es manifestado de modo incontrastable por el sujeto que lo experimenta. 
A modo de somero ejemplo citaré algún párrafo de un delirante que llegase a la fama gracias a que sus Memorias sirvieron a Freud para desarrollar su teoría de la psicosis, Daniel Paul Schreber. En un pasaje tomado al azar de su extenso libro, en que refiere su punto de vista acerca de Dios y el proceso creativo, escribe: "Yo también sé provocar estos milagros del espanto deliberadamente o algo que se le parece, colocando mi mano ante una superficie blanca, ante la puerta de mi habitación pintada de blanco o ante las placas de esmalte blanco de mi estufa, contra las cuales se tornan visibles ciertas sombras contorsionadas muy extrañas, engendradas manifiestamente por una transformación singular de la irradiación luminosa solar. Estos fenómenos no tienen nada que ver con impresiones subjetivas ("alucinaciones visuales", en el sentido que les da Kraepelin en su Psiquiatría), puesto que cada vez que sobreviene un milagro de espanto, es mediante la orientación forzada de mi mirada (direcciones forzadas de los ojos) que mi atención es atraída hacia él". A Schreber le preocupa dejar constancia que no se trata de alucinaciones ni de subjetividad alguna, ya que la excluyente atracción del objeto impide cualquier sustracción al espanto una vez que la mano ha tocado la superficie blanca y permanece absorto ante la tiranía de las sombras contorsionadas. 


No es difícil contraponer esta impresión, de absoluta nitidez, con la conocida angustia ante la página en blanco y hasta es posible suponer un escritor no menos absorto ante el curso de las formas que la mano escribe y describe. Tampoco el tema que devana a Schreber es ajeno a la preocupación de Pizarnik, quien se encarga en destacar una cita que a su vez Cortázar tomara de Lautréamont, a propósito de una mirada que se enajena en una sombra: "Esos ojos no te pertenecen... ¿de dónde los has tomado?", idea que formaría parte de un poema suyo: "Alguien proyecta su sombra en la pared de mi cuarto. Alguien me mira con mis ojos que no son los míos"
Pero el límite que distingue el acto poético del psicótico, tan sutil como decisivo, es la sufriente conciencia de que el hecho de arte es un artefacto que cobra cuerpo contra la aspereza de una superficie nula. Las sombras que en Schreber se contornean como efecto de una luz divina pueden no diferir del encierro en la tumba, relativo a la amenaza violadora de cuerpos iluminados, de ese "alguien" que es alien, de inquietante mirada en Pizarnik. Aunque al lector pueda acaso resultarle tan poético o delirante uno u otro, debe ser cuidadoso al inferir la posición del escritor respecto del texto. El sujeto preso en el delirio argumenta que no hay "subjetividad" porque el asunto es elocuente por sí mismo; si fuera tachado de "loco" respondería que nada hay más cuerdo que lo suyo, pues consiste en pura objetividad, en realismo veraz. El poeta, en cambio, no se sustrae a la extrañeza, a la íntima locura de que "yo sea un otro" y a su pesar advierte que es una producción engendrada en ausencia, donde el que enuncia y el objeto aludido despliegan sus enigmas.

(...) Acostumbramos el pensar a la cronología: dado un supuesto acontecimiento -experiencia con la inmediatez de la muerte o el delirio en Pizarnik- el autor dispondría luego el relato de lo vivido. Pero el trabajo de una obra involucra tiempos de ida y vuelta a lo que no permanece inmutable. El acontecimiento es, en arte, menos el regreso a un pasado múltiple que la sustancia que le da forma -a lo extrañado, al tiempo, a la propia busca- dispuesta en escritura. 
(...) Debemos distinguir los desdoblamientos entre persona (condición necesaria, pero siempre supuesta) /obra/autor. Mientras la persona va hacia la obra, el autor experimenta -ahora sí- un retorno, que no es tranquilo; vuelve de la inspiración y el trabajo de escritura con el sentimiento de ajenidad de quien frecuentara un lugar extranjero, del que la obra es mapa o escorzo, y a veces la propia escritura explicita esa excentricidad. Hablando de sus poemas, Alejandra Pizarnik los llama "pequeños fuegos para quien anduvo perdida en lo extraño". Es célebre el "yo es un otro", que Rimbaud confiara a Paul Demeny en carta fechada un 15 de mayo de 1871, formulado del revés por nuestra poeta: "y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo". Revelándose contra quienes manejaban una idea adocenada del escritor, Rimbaud agrega en esa carta: "¡Si los viejos imbéciles no hubiesen encontrado del Yo más que la significación falsa, no tendríamos que barrer estos millones de esqueletos, que, desde un tiempo infinito, han acumulado los productos de sus inteligencias miserables, aclamándose autores!". 

En Extracción de la piedra de locura, fuertemente relacionada con Rimbaud, Pizarnik frecuenta el recurso al desdoblamiento formal del yo. Si en la citada carta Rimbaud alude a "un golpe con el arco del violín" y entonces "la sinfonía se mueve en las profundidades o asciende de un salto a la escena", Pizarnik despliega una escena que renegando de cualquier ascenso permanece en la espesura sin luz o se enclaustra en una tumba. "Hablo en mí como en mí se habla -escribe-. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque".
                                                          
2.

Luego de lo precedente, examinaré con algún detalle Extracción de la piedra de locura -poema que, según cierto consenso, acentúa el viraje hacia la alienación mental y vital tematizando locura y muerte-, sin ahorrar citas de lo que Alejandra Pizarnik escribiera luego, en ese período que el cierto consenso encuentra delirante o alucinado, terminal, acabado, póstumo en vida, donde sólo cabe la muerte, en el que algo ha estallado fracasando el destino poético de la autora. 
(...) Un problema de la literatura sobre literatura -sospecho que en rigor no hay otra, que no hay más apego que la letra para la letra- es la tendencia a redundar en prólogo. Quien prologa posloga, anticipando entre la tapa y la página primera su recordatorio a lo que podría ser novedad de lectura. Y como quien más quien menos nadie se sustrae a la inquietud por lo desconocido, el prólogo funciona como hoja de ruta o mojón orientador, a costa de disipar un hallazgo de autor en el momento impensado. 
Pero el texto mejor logrado no es menos recurrente que un prólogo; la diferencia consiste en que ejerciendo su poder en la escena literaria opaca, desvirtúa, diluye, emplea como cimiento y hasta tematiza la sombra del que, conocido o ignorado, lo antecede.

                             el centro
                             de un poema
                                                          es otro poema
                             el centro del centro
                                                          es la ausencia
                             en el centro de la ausencia
                             mi sombra es el centro
                             del centro del poema
 
Extracción de la piedra de locura comienza del siguiente modo: "La luz mala se ha avecinado y nada es cierto. Y si pienso en todo lo que leí acerca del espíritu... Cerré los ojos, vi cuerpos luminosos que giraban en la niebla, en el lugar de las ambiguas vecindades. No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de tumbas. El silencio, el silencio siempre, las monedas de oro del sueño".

La aseveración de apertura es que la luz es mala, a la que de inmediato se asocian "cuerpos luminosos". Algo se anuncia, relativo a la nefasta luminosidad de los cuerpos, pero no habría que temer por cuanto nadie viola tumbas, donde el sueño empeña su moneda de oro. Tenemos perfilado un fuerte contraste: si es repudiable la luminosidad de los cuerpos despiertos, queda el refugio en la muerte-sueño que apaga destellos. "Morir, dormir, quizá soñar" profiere Shakespeare por boca de Hamlet; la autora emplea esta poética equivalencia para sustraerse a la violadora luminosidad de cuerpos en vigilia. "Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar" exclama luego, convirtiendo el mortuorio refugio en un recursivo soñar la tumba.

No hay una tumba que aguarde como oscuro destino, porque en un bosque de tumba ha morado la protagonista, allí vive. Efecto que resulta potenciado con estas palabras: "Si vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la memoria. Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba".
Desde ese lúgubre lugar los colores, la luz, los cuerpos encendidos permanecen ajenos hasta que el texto culmine en la figura más lacónica: "No me hables del sol porque me moriría". (...) En la virtualidad de un espacio invertido, dos muertes cruzan el latido de sus pulsos: uno persiguiendo el resguardo en la noche de tumba y sueño, otro de cuerpos encendidos, amenazantes de violación, cuyo sol acarrea una extinción insoportable. "Pero a mi noche no la mata ningún sol" escribe en "La mesa verde". Lo que para el lector sea un efecto ominoso, del lado de la protagonista es amparo, sosiego, conjuro.

¿Hay algún "escribir desde la tumba"? Si así fuera, quien lo hace anhela un otro, sobre la tierra, al que apela para salir  o al que en arrogante desafío parece decirle: ¡De aquí no me muevo, en este sueño-muerte permanezco instalada y nadie será capaz de sacarme! Paradoja de una exclamación redactada en la mesa de trabajo por alguien de quien cabría esperar un manifiesto desinterés en invocar un interlocutor. A menos que la autora quiera despertar en el lector un costado siniestro, constituyéndolo en depositario del horror gracias al que la tumba sea una ilusoria guarida desde la que se exclama: ¡Cobardes, no van al fondo! (como yo lo hago). También Rimbaud supo escribir: "Soy realmente de ultratumba", cuando ese sitio carece de palabra a menos que se busque la presencia del lector para generar el espacio de una verdad de ultraencierro. En arte de escritura cierta forma del encierro, lejos de sofocar, es condición necesaria para un destello de libertad, al estilo de la exclamación de Rimbaud: "Y libre sea este infortunio".  

Si tomamos a la letra ser "realmente de ultratumba" estamos comprometidos con una verdad que toma cuerpo en la obra. Vincent Van Gogh, admirado por Alejandra Pizarnik, lo expresa con elocuencia al reflexionar sobre su pintura. En carta a su hermano Theo se revela contra la norma según la cual una figuración es lograda si reproduce fielmente una forma de la realidad. "A mí me desesperaría que mis figuras fueran buenas... -exclama-, no las quiero académicamente correctas... si fotografiara a un hombre que cava, la verdad es que no cavaría" Y luego: "Mi gran anhelo es aprender a hacer tales inexactitudes, tales anomalías, tales modificaciones, tales cambios, tales cambios en la realidad, para que salgan, ¡pues claro!... mentiras si se quiere, pero más verdaderas que la verdad literal". En ese sentido, la tumba anómala de Pizarnik genera una verdad que en vano buscaríamos en un espejo realista. El realismo se sustenta en lo verosímil mientras lo real, careciendo de símil que lo contenga, es rigurosamente inverosímil; sólo puede ser intuido ficcionalmente y es artista -como lo fueron Van Gogh, Rimbaud, Pizarnik- quien logra sustanciar en obra esa radical heterotopía. "Artaud, como Van Gogh, como unos pocos más, dejan obras cuya primera dificultad estriba en el lugar -inaccesible para casi todos- desde donde las hicieron" escribe Pizarnik en un ensayo sobre Artaud. Pero ya es una dificultad insalvable suponer que se crea desde algún lugar; en vez de plantear ese problema, resulta más adecuado atenerse a que, gracias a la obra, algo adviene a un lugar inexistente hasta entonces. Hombre que cava, tumba, ultratumba son verdades tangibles en el pincel o la pluma de sus autores, cuyos "lugares" difieren del afán por lo verosímil que suele organizar nuestro acontecer cotidiano. Contestando una interrogación anterior, diré que no se escribe desde la tumba, pero se escribe la tumba.

La palabra es símbolo, ausencia, por carecer de inmediatez con la realidad material; pero si alcanza estado poético, en la virtualidad de ese espacio acontece algo real. Al antes citado poema 
                             no
                             las palabras
                             no hacen el amor
                             hacen la ausencia
                             si digo agua ¿beberé?
                             si digo pan ¿comeré? 

debemos entenderlo menos poética que didácticamente, porque la sed y el hambre de amor son la condición necesaria para que una metáfora insinuada entre silencios de almohada sea capaz de alimentar la vida.
Puede imaginarse la tumba como sitio de soledad extrema, aunque al lograr escribirla no se está en la despiadada soledad sola. "La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje". 
(...) "Y ahora juegas a ser esclava para ocultar tu corona", se lee luego en Extracción de la piedra de locura. Un modo de volver notorio que el claustro de la tumba, lejos de esclavizante es un ardid que escamotea la evidencia de una corona. A partir de aquí, el texto insinúa una trama argumental: a la corona oculta le corresponde un reino de cenizas, donde el poema es el muro blanco de una reina loca, residencia de una princesita ciega -lo que es decir no nacida, no alumbrada- y un rey muere de amor por ella. Hay un llorar funesto e intención de la protagonista en extraer de sí la locura aunque, advierte, en eso radica "tu solo privilegio".

Si antes notamos el recurso a una inversión de los valores convencionales, trocándose en funesta la luz y en bienhechora una oscuridad de tumba, ahora acontece una vacilación ante la locura: tanto es la piedra que debiera expulsarse como el solo privilegio, reducto y blasón. Resulta claro (no me sustraigo a una figura lumínica) que el lector situado en el lugar convencional encontrará ominosas estas alusiones, cuando taxativamente se dice que deben ser hallados los valores mediante una transposición, por la que el reino es de cenizas, la princesita lo es a condición de exorcizar la luz (ceguera) y la locura constituye un baluarte a defender. Para entenderlo es necesario tomar en cuenta que "te han humillado hasta cuando te mostraban el sol"; entonces la protagonista pide ser tenida por "princesita ciega".. En otro poema de esta época leemos que hay, como requisito, un "cuerpo poético no filtrado por el sol" Para decirlo una vez más: es condición poética la de un cuerpo exento de sol, de luz, por cuanto el cuerpo luminoso equivale a violación consumada, y a la protagonista obsesiona la castidad opaca de una tumba.
(...) "Haberse muerto en quien se era y en quien se amaba" dice en la continuación del poema que nos ocupa, para luego vacilar en un "haberse y no haberse dado vuelta como un cielo tormentoso y celeste al mismo tiempo". La "pequeña asesina" llora como "niña loba" y anhela: "Hundirme en la tierra y que la tierra se cierre sobre mí. Extasis innoble". 
A continuación, el poema anima la forma audaz de un "niño florentino que miras ardientemente" figurado en una pintura, que extiende su mano, ofertando permanecer a su lado. Pero hay un requisito incumplible: "No (dije), para ser dos hay que ser distintos". Lo distinto es una diferencia rechazada que incita al refugio en ataúdes de colores maliciosos.

Y entonces la confesión: "Alma partida, alma compartida, he vagado y errado tanto para fundar uniones con el niño pintado en tanto que objeto a contemplar, y no obstante, luego de analizar los colores y las formas, me encontré haciendo el amor con un muchacho viviente en el mismo momento que el del cuadro se desnudaba y me poseía detrás de mis párpados cerrados". Una duplicidad de muchacho viviente y niño imaginario despeña la división entre un afuera al que se cierra los ojos y el que por detrás de los párpados se desliza. Lejos de rechazar el color, por la concavidad que el niño maravilloso enciende aparece una figura inesperada, de extraña hermosura en el presagio de tanta oscuridad: "Sonríe y yo soy una minúscula marioneta rosa con un paraguas celeste yo entro por su sonrisa yo hago mi casita en su lengua yo habito en la palma de su mano cierra sus dedos un polvo dorado un poco de sangre adiós oh adiós". 

Luego habrán de permanecer "grietas y agujeros en mi persona escapada de un incendio", abatida por "la sombra de un pájaro de bello nombre" hasta que se produzca la avaricia de "un naufragio en tus propias aguas" y el sol sea rechazado con su luz insoportable. Pero la protagonista no deja de soñar con un rey que moriría de amor por ella. No obstante, ha llegado a "la tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados", figura recurrente del ahogo, encierro en la tumba de sueño, entrega a la secreta majestad del niño, luminoso tan solo tras los párpados.

No es difícil, presentadas las cosas de este modo, imaginar una adolescente ensimismada, temerosa y rechazante de la experiencia con lo distinto de otro sexo, amparada en el deseo de un niño que encarnando la mismidad alumbra el revés de las pupilas. La escritura poética conjuga estas figuras, y si el lector infiere una autora delirando se distrae, suponiéndola hundida en lo siniestro cuando la ominosidad cruza un afuera de luz y color, con cuerpos encendidos violadores, mientras la tumba es el amparo de cubierta oscura para la fugacidad florentina en celeste y rosa penumbra.
Hay en el poema un itinerario proliferante en luz y sombras: 

          La luz, lo malo
          Girar en la niebla
          Cuerpos luminosos, violadores de tumbas
          Verde alameda que no es verde
          Cielo tormentoso y celeste
          Sol-humillación
          Llamarse toda la noche
          Ser de noche en ti
          Corazón de la noche
          Noche de los cuerpos
          Ataúdes de colores deliciosos
          Pequeñas figuras azules y doradas que gesticulan
          Minúscula marioneta rosa
          Paraguas celeste
          Polvo dorado
          Sol que mata, luz que es muerte
          Cielo raso azul
          Sombra de un pájaro de bello nombre
          Voz apenas coloreada
          Tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados
          Caballos blancos demasiado tarde
          Vientos rojos, vientos negros
          Es tan oscuro
          Aurora de dedos negros
          Noche de los cuerpos
          Corazón de la noche
          Luz tristísima
          Parches negros en el ojo
          Princesita ciega
          Vida de tu sombra
          Muro blanco
          Espacio negro
          Roja violencia elemental

Figuras exacerbadas en clave de oxímoron, tal como aparece en "Lazo mortal": "Hacer el amor adentro de nuestro abrazo significó una luz negra: la oscuridad se puso a brillar. Era la luz reencontrada, doblemente apagada pero de algún modo más viva que mil soles".
Según cierta opinión, tan difundida como errónea, es artista quien tenga algo que decir. ¿Quién viviría en una planicie exenta de niños florecientes y sueños reales? ¿Quien no fue niño maravilloso, heredero o merecedor de un rey? ¿Dónde falta una reina loca, capaz de ser loba o esfinge? ¿Quien no ha penado por lo diverso, por lo radicalmente otro? ¿Quién no fue violado por una luz de verdad, desgarrante de obstinadas creencias? 

Si algo descubrió el genio de Freud es la vigencia de los mitos organizadores del sujeto: Narciso y Edipo. Es condición humana tener algo que decir, y artista quien resulte capaz de decirlo, como Alejandra Pizarnik evidencia del mejor modo. Con esto se llega a que, en el análisis que nos ocupa, poco o nada podamos afirmar acerca de la persona así llamada, pero tenemos un texto, una obra que pone de relieve la especial condición de un autor que firma con ese nombre acicateando a sus lectores hasta situarnos en disímiles posiciones de rechazo, aceptación, gusto o disgusto, induciendo al rastreo minucioso o a una aprehensión global. Una cosa no estamos en condiciones de hacer: cuando leemos               

                             Pero hace tanta soledad
                             que las palabras se suicidan

carecemos de autoridad para inferir, en un suicidio de palabras que dicen y palpitan, el final oscuro de la escritora. Aunque haya dado con la muerte una noche de sobredosis.
Tal vez, arriesgo la conjetura, la muerte se concretó un azaroso septiembre de 1972 -azaroso porque no fue en el 58 al suicidarse las palabras ni en cualquier otra fecha-, cuando la escritura claudicase en ficcionalizar el fondo y la tumba, a la que no se quería ir, concluyó haciendo lugar, oblicuamente, a lo impensable. Luego de la última palabra dibujada en la pizarra, pero antes del punto final.
Aunque es preciso advertir que esto es metáfora de lectura porque Segismunda, personaje de Alejandra, nos advierte: "No necesito sugerencias acerca de probables epílogos. Estoy hablando o, mejor dicho, estoy escribiendo con la voz. Es lo que tengo: la caligrafía de las sombras como herencia".

Podés leer el texto completo en Topía, "Un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura".

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..."Me pide Ud. algo que no tengo: una biografía compacta y precipitada, la que no soy capaz de escribir: sería demasiado deshilvanada y lenta. Atribúyame Ud. la de mi bisabuelo Arenales o la del cotudo que lo asistía; invente la vida más chata e inútil y adjudíquemela sin remordimientos... cualquier cosa... menos forzarme a reconocer que soy un hombre sin historia..."
Obras: Veinte poemas de amor para ser leídos en el tranvía (1924); Calcomanías (1925).
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Cansado.
¡Sí!
Cansado
de usar un solo bazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios.

Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.

Cansado.
¡Sí!
Cansado
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre,
desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado,
enano.

Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.

Oliverio Girondo.

Aquí más de Girondo.
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Poema de Charles Bukowski "Blue bird", leído por él y con subtítulos en español.





Subtítulos en el margen inferior derecho.
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"La bandera acude al paisaje inmundo, y nuestra jerga provinciana ahoga el tambor. En los centros alimentaremos la más cínica prostitución. Masacraremos las rebeliones lógicas.¡En los países robados y apaciguados! - al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales o militares. Hasta luego aquí, no importa dónde. Reclutas de buena voluntad, tendremos la filosofía feroz; ignorantes por obra de la ciencia, quebrantados por el confort; la explosión para el mundo que funciona. Es el verdadero andar. ¡Adelante, camino!"
Rimbaud, Arthur, Iluminaciones (1874) – Una temporada en el infierno (1873), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1969. Traducción de Raúl Gustavo Aguirre.
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Mi cansancio
mi angustia
mi alegría
mi pavor
mi humildad
mis noches todas
mi nostalgia del año
mil novecientos treinta
mi sentido común
mi rebeldía.     
Mi desdén
mi crueldad y mi congoja
mi abandono
mi llanto
mi agonía
mi herencia irrenunciable y dolorosa
mi sufrimiento
en fin
mi pobre vida.

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