Tom Harrell es uno de los mejores trompetistas de jazz del mundo, un hombre de conocimientos musicales enciclopédicos, admirado por su capacidad para improvisar de una manera cerebral, pero emocionalmente conmovedora. Pero también... sufre de esquizofrenia, una de las enfermedades mentales más preocupantes de nuestra época.
La medicina ayuda, desde luego, pero a sus 55 años Harrell tiene que luchar con todas sus fuerzas para mantener la concentración en un mundo desbordado de distracciones, en el que sigue teniendo un aspecto lo suficientemente extraño como para atraer numerosas miradas furtivas en la calle. Ataviado con unos anchos pantalones negros y una cazadora de cuero, también negra, con la cremallera subida hasta el cuello, Harrell se mantiene inmóvil bajo los focos del escenario mientras no toca, con sus brazos colgados en los costados, los labios extrañamente fruncidos, los ojos cerrados, escuchando con más atención que cualquier otro de los que están en la sala.
Entonces levanta la trompeta, toca una notas claras, ricas, alegres –notas que él mismo escribe- en perfecto ritmo con su banda y, durante breves instantes, se siente totalmente a gusto. Entre tema y tema, evita el parloteo e incluso los consabidos "gracias" para conseguir el aplauso fácil del público.
Para los aficionados al jazz, que aprecian la excentricidad, es irrelevante la forma de actuar de Harrell. Lo que importa es cómo suena. "Hay tanta pureza en su música, tanta melodía y belleza", ha explicado Terrell Stafford, un trompetista de jazz que, tras haber abandonado la música clásica después de escuchar tocar a Harrell, está dando ahora clases en la Universidad de Temple.
Hacia él sólo tiene palabras de admiración. "Es un gran compositor y todo lo que toca a la trompeta cuando improvisa es casi como una melodía escrita", dice con frecuencia.
Para quienes identifican la esquizofrenia con el hombre desaliñado que grita sus delirios en la esquina de una calle, alguien como Tom Harrell puede suponer una verdadera sorpresa. 
Hijo de un catedrático de psicología empresarial y estadístico, Harrell creció en la zona de la bahía de San Francisco. Niño excepcionalmente brillante, aprendió a leer solo y se saltó un curso en enseñanza básica. Empezó a tocar la trompeta a los 8, y en el instituto ya tenía su propia banda de jazz.
Intentó quitarse la vida mientras estudiaba composición en Stanford. Eso dio lugar a un diagnóstico de esquizofrenia. Con tratamiento, logró completar su formación escolar e inició su carrera de música.
Conoció a su esposa Ángela cuando ella llevaba a cabo investigación para una serie de televisión que trataba de la creatividad y el cerebro. Harrell no llegó a formar parte del espectáculo, pero ambos descubrieron que eran casi vecinos en Nueva York y se hicieron amigos.
"Una vez que superás el desconocimiento inicial de su situación y de la forma en que le afecta... la enfermedad deja de convertirse en su aspecto más destacado", ha afirmado su esposa. "Para mi, la enfermedad mental no le define como persona. Lo que me llevó hasta él fue su inteligencia y lo divertido, cariñoso, honesto, afectuoso y desprendido que es... Podría seguir y no parar. Es sencillamente una persona enormemente sincera, muy real y espiritual, muy generoso y divertido”, ha añadido.
A menudo resulta difícil manejar el estrés a quienes sufren esquizofrenia, y la vida de un músico de jazz está llena de estrés. Están los viajes, los lugares nuevos, los cambios de zonas horarias. "Muy probablemente su entorno no es el mejor para estabilizar los síntomas", ha comentado Angela Harrell, “pero, por otra parte, ha sido la música la que le ha ayudado a seguir adelante todos estos años".
Durante su matrimonio, ha habido un intento de suicidio y una reacción casi mortal a uno de sus medicamentos.
Harrell ha explicado que los medicamentos le ayudan a mantener la calma y a concentrarse, pero que a veces también le hacen sentirse cansado. No oye voces, pero tiene problemas para pensar con claridad, algo que él define como “si no tuviera suficiente oxígeno en la cabeza."
Sin embargo ha conseguido trabajar y escribir a diario, e incluso cree que la esquizofrenia le ha hecho más productivo. "Una cosa que ha pasado con la enfermedad mental es que me ha forzado a adentrarme más en mi mismo", ha señalado, y explica que “en cierto modo, me aísla socialmente. No tengo tantas opciones sociales como tienen otras personas".
Harrell escucha acordes y percusión en los sonidos cotidianos que la mayoría de nosotros filtramos para rechazar (el tintineo de unas copas o un dedo que tamborilea en una mesa, por ejemplo) y las canciones le llegan en fragmentos, a menudo por la noche cuando se "abre una puerta en mi mente."
Es obvio que ideas de todo tipo afluyen rápidamente a Harrell. "El problema no estriba en encontrar una idea nueva, sino en poder seguir el ritmo del flujo de ideas nuevas", señala, y recuerda la primera vez que oyó una grabación de los años 40 de Dave Brubeck, el líder de la banda que le introdujo en el sonido "mágico" de una nota sostenida de trompeta.
Parece tímido en el escenario, pero Harrell dice que a él le gusta la comunicación con el público. Piensa que la mejor manera de escuchar música es con los ojos cerrados. Pero, además, teme caer en una metedura de pata social por mirar a alguien de forma inadecuada. "Sería bueno comprobar cuál es la reacción del público, pero me da pavor ofender a alguien".
Quincy Davis, el batería del quinteto, dice que la ausencia de teatralidad de Harrell es una ventaja. Significa que la música tiene que ser buena. "Supone un cierto foco de atención”, y por eso “con esta banda, lo que me gusta es que sobre todo se centra en la música", ha destacado.


En la página oficial de Tom Harrell podés escuchar su último trabajo.
 

2 comentarios:

Alejandro Casanegra dijo...

Gracias. No lo conocía, estoy escuchándolo en su site. :)

En una tierra de colores claros dijo...

@Alejandro Casanegra Ale, me alegra que te haya gustado. :)

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