Poco se conoce de la obra de este poeta y fotógrafo argentino. Circulan por internet unos pocos versos, la correspondencia que mantuvo con su amigo Julio Cortázar y un puñado de fotos, testimonio de su periplo alrededor del mundo.
Les dejo aquí un interesante artículo escrito por el periodista Jorge Cruz para el diario La Nación (y bueno... ¡es lo que hay!) que incluye la carta escrita por Cortázar antes de publicar Rayuela y algunas de sus fotos y versos.
Les dejo aquí un interesante artículo escrito por el periodista Jorge Cruz para el diario La Nación (y bueno... ¡es lo que hay!) que incluye la carta escrita por Cortázar antes de publicar Rayuela y algunas de sus fotos y versos.
En busca de Fredi Guthmann
Es uno de los "raros" -tal como entendía esa palabra Rubén Darío- argentinos, un poeta exquisito, poco conocido y de una personalidad magnética. Atraído por el exotismo del Oriente, fue viajero contumaz y navegante solitario. Amigo de André Breton y Antonin Artaud, miembro de la Resistencia, integra con Xul Solar, Leonor Fini, Alberto Greco y Jacobo Fichman, la reducida hueste de los personajes más extraños y, a la vez, más fascinantes de la cultura nacional.
"...pero nosotros estamos del otro lado, en ese territorio libre y salvaje y delicado donde la poesía es posible y nos llega como una flecha de abejas..."
Julio Cortázar, carta a F.G., 24-9-1963
"Siempre me pareció ver en usted (¡y lo he conocido tan poco y tan mal!) una situación muy clara y definida, como la del hombre que a mitad de la vida se ha quitado ya de encima todo o casi todo lo accidental, lo transitorio. Incluso su tendencia a desplazarse, a ir de un lado a otro, me pareció un afán de no enraizarse (...) Simplificación, y a la vez enriquecimiento".
¿Quién es ese "usted" -más tarde será "vos"- que concita tanta devoción, y quién el devoto que la exterioriza aun a pesar de confesar su imperfecto conocimiento? Es el "querido Fredi" que encabeza esa carta sin fecha, escrita aproximadamente a fines de 1949 por el casi desconocido Julio Cortázar.
Su nombre es Alfredo Guthmann, Fredi, hombre secreto, de varios mundos, constantemente inquieto e incansablemente generoso. Cortázar tiene sólo tres años menos que él. Más tarde, ya famoso, le anuncia (6-6-1962) que, en su próximo libro, Rayuela, el personaje central, sin ser un remedo del lejano amigo, tendrá su humor, su enorme sensibilidad poética y, sobre todo, su sed metafísica:
Junio de 1962: "He pensado mucho en vos en los últimos tiempos, porque mi próximo libro, que se llamará Rayuela, va a ser el libro donde me vas a encontrar a fondo, donde vos y yo hemos dialogado muchas veces sin que lo supieras. No es que seas un personaje de la obra, pero tu humor, tu enorme sensibilidad poética, y sobre todo tu sed metafísica, se reflejan en el personaje central". Y en septiembre de 1963: "valía la pena escribir Rayuela para que alguien como tú me dijera lo que me has dicho. Ahora empezarán los filólogos y los retóricos, los clasificadores y los tasadores, pero nosotros estamos del otro lado, en ese territorio libre y salvaje y delicado donde la poesía es posible y nos llega como una flecha de abejas, como me llegan tu carta y tu cariño".
Invitación al viaje
Por Jorge Cruz
Para LA NACION - Buenos Aires, 1997
En esta página hay algunos poemas de Guthmann en francés y español.
*fotos: Tahiti travelers
Fredi no ha cumplido 40 años y ya registra en sus carnets viajes exóticos y legendarias amistades. A los 17, en 1928, ha sentido el toque de la poesía y ha comenzado a escribir. Por entonces emprende su primer viaje hacia un destino poco habitual: Yugoslavia. Manos rapaces lo despojan de sus francos. Ni cheques del viajero ni tarjetas de crédito lo socorren. No circulan entonces. A la espera del giro familiar, se ve obligado a dormir entre tumbas, en un cementerio.
En 1930 realiza el viaje soñado por pintores y poetas, el viaje a "las orillas dichosas", a "los encantadores climas", según las frases de Baudelaire en su poema "Parfum exotique". La ansiedad de evadirse del mundo conocido y de buscar otros, lejanos y prometedores, se vislumbra ya entre algunos hombres del siglo XVIII, pero se expande entre los románticos y lo prolongan los simbolistas. Piénsese en el Cercano Oriente del vizconde de Chateaubriand y Percy Bysshe Shelley, en la España de Théophile Gautier, el Egipto de Gérard de Nerval, la Italia de Alphonse de Lamartine y de Stendhal, la Grecia de Lord Byron, entre tantos otros destinos deseados por escritores del romanticismo.
El velero en el que surcó los océanos Fredi Guthmann no elige "la lánguida Asia" ni "la ardiente África", sino las paradisíacas islas de la Polinesia Francesa, en Oceanía. Se va a Tahiti, todavía incontaminada, donde habían estado también Herman Melville y Paul Gauguin. Es un período de gran fertilidad poética. Entre 1931 y 1932 atraviesa solo el océano en su propio velero. Lo aclaman como victorioso deportista en la estela de Alain Gerbault y nuestro Vito Dumas. "Ven en ello una hazaña -comenta-, es decir, no entienden nada". Él no aspira a la popularidad ni ansía competir. Otro sentido -existencial y hasta metafísico- tienen sus itinerarios.
Entre 1933 y 1939, va a París y, de nuevo, a Buenos Aires y a Tahiti. En uno de esos viajes, navegando esta vez con dos australianos, un naufragio lo encara con la muerte. Sensación nueva y fuerte. Pero sobrevive, y se libra asimismo de los riesgos que lo acechan entre feroces caníbales de Nueva Guinea. Indudablemente, el peligro ejerce en él irresistible atracción. Es un desafío, quizá una ordalía. En 1938 va a China y a Japón.
Durante la guerra mundial se hace aviador e integra, en Buenos Aires, el Comité de Gaulle, sucursal de la Resistencia en la Argentina, cuya tarea es luchar contra nazis y colaboracionistas.
Sus desplazamientos llegan a la cima en 1950 con su primer viaje -o peregrinación- a la India. Lo acompaña Natacha Czernichowska, su devota esposa y compañera desde 1949. Así como los caballeros cristianos, exponentes de un mundo más armonioso que el nuestro, solían buscar la paz en la quietud conventual, después del ajetreo de la vida, Fredi Guthmann, desengañado de un Occidente desacralizado, materialista, capaz de atrocidades contra el ser humano y su ámbito natural, busca las fuentes de purificación en Oriente.
Durante dos años vive en los Himalayas. Su visita al ashram del Maharishi, en momentos en que éste agoniza, le depara experiencias imborrables. No acaban sus viajes -efectúa varios a Chile-, pero, en sus últimos años, su departamento de Mar del Plata se convierte en refugio del contemplativo, dedicado a la lectura y meditación de los grandes místicos y de científicos como Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger, los que, por distintas vías, han llegado a coincidir, según él, con aquellos.
Amigos y amigas
Como sus viajes, también sus amistades fueron una busca constante de sí mismo, además de ser un ejercicio de la generosidad. Es éste un capítulo riquísimo de su aún no escrita biografía. A los 22 años conoce en París a André Breton. El jefe absoluto del surrealismo está resuelto a patrocinar la publicación de los poemas del joven argentino que escribe en francés, pero éste la juzga prematura.
En 1930 realiza el viaje soñado por pintores y poetas, el viaje a "las orillas dichosas", a "los encantadores climas", según las frases de Baudelaire en su poema "Parfum exotique". La ansiedad de evadirse del mundo conocido y de buscar otros, lejanos y prometedores, se vislumbra ya entre algunos hombres del siglo XVIII, pero se expande entre los románticos y lo prolongan los simbolistas. Piénsese en el Cercano Oriente del vizconde de Chateaubriand y Percy Bysshe Shelley, en la España de Théophile Gautier, el Egipto de Gérard de Nerval, la Italia de Alphonse de Lamartine y de Stendhal, la Grecia de Lord Byron, entre tantos otros destinos deseados por escritores del romanticismo.
El velero en el que surcó los océanos Fredi Guthmann no elige "la lánguida Asia" ni "la ardiente África", sino las paradisíacas islas de la Polinesia Francesa, en Oceanía. Se va a Tahiti, todavía incontaminada, donde habían estado también Herman Melville y Paul Gauguin. Es un período de gran fertilidad poética. Entre 1931 y 1932 atraviesa solo el océano en su propio velero. Lo aclaman como victorioso deportista en la estela de Alain Gerbault y nuestro Vito Dumas. "Ven en ello una hazaña -comenta-, es decir, no entienden nada". Él no aspira a la popularidad ni ansía competir. Otro sentido -existencial y hasta metafísico- tienen sus itinerarios.
Entre 1933 y 1939, va a París y, de nuevo, a Buenos Aires y a Tahiti. En uno de esos viajes, navegando esta vez con dos australianos, un naufragio lo encara con la muerte. Sensación nueva y fuerte. Pero sobrevive, y se libra asimismo de los riesgos que lo acechan entre feroces caníbales de Nueva Guinea. Indudablemente, el peligro ejerce en él irresistible atracción. Es un desafío, quizá una ordalía. En 1938 va a China y a Japón.
Durante la guerra mundial se hace aviador e integra, en Buenos Aires, el Comité de Gaulle, sucursal de la Resistencia en la Argentina, cuya tarea es luchar contra nazis y colaboracionistas.
Sus desplazamientos llegan a la cima en 1950 con su primer viaje -o peregrinación- a la India. Lo acompaña Natacha Czernichowska, su devota esposa y compañera desde 1949. Así como los caballeros cristianos, exponentes de un mundo más armonioso que el nuestro, solían buscar la paz en la quietud conventual, después del ajetreo de la vida, Fredi Guthmann, desengañado de un Occidente desacralizado, materialista, capaz de atrocidades contra el ser humano y su ámbito natural, busca las fuentes de purificación en Oriente.
Durante dos años vive en los Himalayas. Su visita al ashram del Maharishi, en momentos en que éste agoniza, le depara experiencias imborrables. No acaban sus viajes -efectúa varios a Chile-, pero, en sus últimos años, su departamento de Mar del Plata se convierte en refugio del contemplativo, dedicado a la lectura y meditación de los grandes místicos y de científicos como Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger, los que, por distintas vías, han llegado a coincidir, según él, con aquellos.
Amigos y amigas
Como sus viajes, también sus amistades fueron una busca constante de sí mismo, además de ser un ejercicio de la generosidad. Es éste un capítulo riquísimo de su aún no escrita biografía. A los 22 años conoce en París a André Breton. El jefe absoluto del surrealismo está resuelto a patrocinar la publicación de los poemas del joven argentino que escribe en francés, pero éste la juzga prematura.
También en París conoce a Antonin Artaud, poeta y actor, compañero, por un tiempo, de los surrealistas. Adicto a los alucinógenos, evadido de la realidad y al borde de la locura, pasa diez años internado en Rodez, donde Fredi Guthmann va a verlo. Benjamin Fondane, poeta francés de origen rumano, autor de Chanson de l`émigrant, en cuyos poemas se escucha el eco de los cautivos de Babilonia, es otro de los amigos de Guthmann. Durante la guerra, éste le brindará protección. Extranjero y miembro de la resistencia, Fondane es denunciado por la portera de su casa parisiense y halla la muerte en el campo de exterminio de Birkenau. El autor de Rimbaud le Voyou y de Baudelaire ou l`expérience du gouffre, le ha propuesto, a su vez, publicar sus poemas en la colección G.L.M. Pero el libro no llega a editarse. Guthmann traba amistad con otro rumano radicado en Francia, el ensayista Emile Cioran.
En sus años de Buenos Aires, frecuenta a Oliverio Girondo, a Eduardo Mallea, al editor Domingo Viau, al erudito y músico Daniel Devoto, a Ariel Maudet, director de la Alianza Francesa. Y asimismo, a Julio Cortázar, de quien emprendió la traducción al francés, finalmente inconclusa, de Los reyes; al surrealista Aldo Pellegrini, al musicólogo Jorge D`Urbano, al experto en arte Luis M.Baudizzone, al editor "Paco" Porrúa, que lo visitaba a menudo en Mar del Plata, lo mismo que el poeta Rafael Felipe Oteriño. Lo frecuenta también el malogrado poeta Miguel Angel Bustos, entre otros.
En Montevideo conoce a Georgette Gaucher, poeta y profesora del Liceo Francés. Con esta admirada amiga intercambia una valiosa correspondencia. Allí traba amistad con dos grandes pintores uruguayos: Joaquín Torres García y Pedro Figari. Organiza las primeras exposiciones del primero en Buenos Aires y una muestra del segundo en París. En la capital francesa, en la galería de su amigo Pierre Loeb, conoce a Picasso; en Italia, al yugoslavo Zoran Music, algunas de cuyas bellas litografías atesora Natacha Guthmann en su departamento de la avenida Santa Fe.
Viajes y amistades no apartan a Fredi Guthmann de la poesía. Arthur Rimbaud lo ilumina. Desde su adolescencia, la poesía ha sido permanente actividad, pero ni Breton ni Fondane, como se ha visto, lograron que el autor accediera a publicarla. Ya en su ancianidad, cuando acaso el poeta hubiese consentido, no hubo oportunidad. No hace mucho, en octubre del año pasado, en el N° 6 de la revista francesa L`Ane, el crítico franco-catalán Louis Soler dedicó a la poesía de Guthmann, aún inédita, y a su atrayente personalidad, un estudio notable. Se refiere allí a las "imágenes percutientes y originales, de inspiración auténticamente surrealista", a "la busca de la expresión rara, metáforas lujuriantes y voluntariamente heteróclitas", al "abandono, hasta la embriaguez, a las fuerzas obscuras del lenguaje".
Oro y diamantes
En sus años de Buenos Aires, frecuenta a Oliverio Girondo, a Eduardo Mallea, al editor Domingo Viau, al erudito y músico Daniel Devoto, a Ariel Maudet, director de la Alianza Francesa. Y asimismo, a Julio Cortázar, de quien emprendió la traducción al francés, finalmente inconclusa, de Los reyes; al surrealista Aldo Pellegrini, al musicólogo Jorge D`Urbano, al experto en arte Luis M.Baudizzone, al editor "Paco" Porrúa, que lo visitaba a menudo en Mar del Plata, lo mismo que el poeta Rafael Felipe Oteriño. Lo frecuenta también el malogrado poeta Miguel Angel Bustos, entre otros.
En Montevideo conoce a Georgette Gaucher, poeta y profesora del Liceo Francés. Con esta admirada amiga intercambia una valiosa correspondencia. Allí traba amistad con dos grandes pintores uruguayos: Joaquín Torres García y Pedro Figari. Organiza las primeras exposiciones del primero en Buenos Aires y una muestra del segundo en París. En la capital francesa, en la galería de su amigo Pierre Loeb, conoce a Picasso; en Italia, al yugoslavo Zoran Music, algunas de cuyas bellas litografías atesora Natacha Guthmann en su departamento de la avenida Santa Fe.
Viajes y amistades no apartan a Fredi Guthmann de la poesía. Arthur Rimbaud lo ilumina. Desde su adolescencia, la poesía ha sido permanente actividad, pero ni Breton ni Fondane, como se ha visto, lograron que el autor accediera a publicarla. Ya en su ancianidad, cuando acaso el poeta hubiese consentido, no hubo oportunidad. No hace mucho, en octubre del año pasado, en el N° 6 de la revista francesa L`Ane, el crítico franco-catalán Louis Soler dedicó a la poesía de Guthmann, aún inédita, y a su atrayente personalidad, un estudio notable. Se refiere allí a las "imágenes percutientes y originales, de inspiración auténticamente surrealista", a "la busca de la expresión rara, metáforas lujuriantes y voluntariamente heteróclitas", al "abandono, hasta la embriaguez, a las fuerzas obscuras del lenguaje".
Oro y diamantes
Este argentino errabundo, esta suerte de ciudadano de todas partes, había nacido en San Isidro en 1911. Su padre, como tantos judíos alsacianos ricos establecidos en la Argentina cuando Alsacia fue anexada a Alemania, no deseaba que sus hijos hicieran el servicio militar en el ejército germano. En Buenos Aires, en 1890, fundó una joyería, establecida primero en la calle Esmeralda y luego en la calle Florida, frente al Jockey Club. Muerto el padre, cuando Fredi tenía dos años, la madre resolvió trasladarse a Estrasburgo con sus dos hijos. Los aguardaban allí, durante la Primera Guerra, muchas penurias.
En Francia hicieron los hermanos Guthmann sus estudios primarios y secundarios. Fredi fue el bachiller más joven del país. Era un adolescente rebelde y un alumno sin disciplina. Luego de la muerte de su adorada madre -un golpe que lo transtornó, a los 14 años-, les fue arduo encarrilarlo a sus tutores, un tío materno y un tío paterno. De todos modos, lograron que Fredi aprendiera la actividad de sus mayores, y, por un tiempo, e intermitentemente durante gran parte de su vida, se incorporó a la empresa familiar. Antes de cumplir 60 años se desvinculó de ella, y la joyería Guthmann, con un prestigio de siete décadas, cerró sus ricas vidrieras.
En Francia hicieron los hermanos Guthmann sus estudios primarios y secundarios. Fredi fue el bachiller más joven del país. Era un adolescente rebelde y un alumno sin disciplina. Luego de la muerte de su adorada madre -un golpe que lo transtornó, a los 14 años-, les fue arduo encarrilarlo a sus tutores, un tío materno y un tío paterno. De todos modos, lograron que Fredi aprendiera la actividad de sus mayores, y, por un tiempo, e intermitentemente durante gran parte de su vida, se incorporó a la empresa familiar. Antes de cumplir 60 años se desvinculó de ella, y la joyería Guthmann, con un prestigio de siete décadas, cerró sus ricas vidrieras.
El final de un "raro"
Hasta 1995, fecha de su muerte, a los 84 años, Fredi Guthmann vive, alternadamente, en Mar del Plata y en Buenos Aires. Varios infartos lo privan del gusto y de la capacidad de hablar (la recupera trabajosamente) y de escribir. Siempre fiel a Bach y a Rimbaud, dos faros para él, no pierde su sentido del humor y halla en la música (en su juventud tocaba el órgano), en la lectura, en la amistad y en sus meditaciones vías para mantenerse activo y lúcido.
En una página de La vuelta al día en 80 mundos, Julio Cortázar dice que Fredi Guthmann fue "gran coleccionista y pararrayos de piantados". Puede decirse que él mismo fue un "piantado", versión porteña del "raro", según el sentido de Los raros, de Rubén Darío, en la huellas de los Poètes maudits, de Paul Verlaine, aunque con denominación menos ominosa.
Si hubiera que hacer una lista de "raros" argentinos más o menos contemporáneos -en la que no podrían faltar Jacobo Fijman, ni Xul Solar, ni Alberto Greco, ni Leonor Fini, ni Sesostris Vitullo, ni Arturo Alvarez (la lista de "piantados" siempre está abierta)- le correspondería al extraño, inquieto y multifacético Fredi Gutmann un lugar intransferible. Resta ahora descorrer el velo de su poesía. Los que conocemos sus originales, no dudamos de su valor. La publicación, finalmente, sumará a las letras ¿francesas, argentinas? -he aquí otra cuestión, otro problema- la obra de un escritor hasta hoy desconocido y aún con fuerzas para volver a sorprendernos.
En una página de La vuelta al día en 80 mundos, Julio Cortázar dice que Fredi Guthmann fue "gran coleccionista y pararrayos de piantados". Puede decirse que él mismo fue un "piantado", versión porteña del "raro", según el sentido de Los raros, de Rubén Darío, en la huellas de los Poètes maudits, de Paul Verlaine, aunque con denominación menos ominosa.
Si hubiera que hacer una lista de "raros" argentinos más o menos contemporáneos -en la que no podrían faltar Jacobo Fijman, ni Xul Solar, ni Alberto Greco, ni Leonor Fini, ni Sesostris Vitullo, ni Arturo Alvarez (la lista de "piantados" siempre está abierta)- le correspondería al extraño, inquieto y multifacético Fredi Gutmann un lugar intransferible. Resta ahora descorrer el velo de su poesía. Los que conocemos sus originales, no dudamos de su valor. La publicación, finalmente, sumará a las letras ¿francesas, argentinas? -he aquí otra cuestión, otro problema- la obra de un escritor hasta hoy desconocido y aún con fuerzas para volver a sorprendernos.
Por Jorge Cruz
Para LA NACION - Buenos Aires, 1997
En esta página hay algunos poemas de Guthmann en francés y español.
*fotos: Tahiti travelers




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1 Comentario:
Su libro "La gran respiración bailada" es una perla. Gracias por su texto y recuerdo. C.M
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